Nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413. Su padre, Juan de Vigri, hombre honorable, descendía de una familia noble y rica de Ferrara, emparentada con la casa de Este, que entonces reinaba en aquella ciudad. Había ido a Bolonia a estudiar jurisprudencia, y allí sacó el doctorado en ambos derechos y consiguió una cátedra en su famosa Universidad. Además, contrajo matrimonio con Benvenuta de Mamollini, hija de una ilustre familia boloñesa. Pasado algún tiempo, Nicolás III de Este, informado de las dotes de Juan, lo llamó a Ferrara, lo nombró embajador suyo ante la república de Venecia y obtuvo para él una cátedra de derecho en Padua, ciudad en la que debía fijar su residencia. Obligado a partir sin demora para responder a la llamada del Duque, Juan dejó en Bolonia a su esposa, que se encontraba embarazada y que poco después dio a luz a su hija Catalina, nuestra santa, en la fiesta de la Natividad de la Virgen del año 1413. Junto a su madre, la niña fue desarrollando sus tendencias naturales a la vida de piedad y de oración, y su compasión generosa hacia los pobres.

A los 9 ó 10 años, su padre llevó a Catalina a Ferrara, porque Nicolás III, que estaba levantando entonces el ducado de Ferrara, Módena y Reggio, quiso que la pequeña fuera dama de honor de su hija la princesa Margarita de Este, y para recibir la adecuada formación se estableció en la corte, que vivía momentos de esplendor y era un hervidero de arte y de cultura. Allí recibió una esmerada educación humanística y desarrolló sus naturales cualidades para la música, la poesía y sobre todo la pintura, a la vez que continuó el estudio del latín iniciado en Bolonia, lengua que llegó a manejar con soltura hasta poder leer con facilidad los clásicos, los Santos Padres y la Biblia. Ya en aquel tiempo se ganó Catalina la simpatía de todos por sus dotes físicas y espirituales; en ella, sin embargo, iba creciendo el deseo de consagrarse al Señor.

Tres años llevaba Catalina en Ferrara cuando la princesa Margarita contrajo matrimonio con Roberto Malatesta, príncipe de Rímini, y marchó a vivir allí; quiso llevarse consigo a su joven dama, pero ésta tenía otros proyectos y decidió volver a Bolonia junto a su madre. Poco después, teniendo catorce años, su vida cambia de rumbo: muere su padre y su madre contrae nuevo matrimonio. Ella queda sola y abatida en Bolonia, heredera de un gran patrimonio y con muchos pretendientes por su riqueza y por sus dotes naturales y espirituales. Pero Catalina tiene otras perspectivas para su vida, que su madre respeta, y busca la paz interior por otros caminos. Y dará con ella.

Había entonces en Ferrara una dama piadosa llamada Lucía Mascheroni que, para servir mejor al Señor, había cambiado los vestidos seglares por el hábito negro de la Tercera Orden de San Agustín. Pronto se le unieron muchas jóvenes deseosas como ella de apartarse del mundo y llevar una vida de mayor perfección. Ocupaban su tiempo en los ejercicios de piedad y en las tareas de casa, de la que salían para asistir a los oficios religiosos en la iglesia de los franciscanos, que se convirtieron en los confesores y directores espirituales de aquella fervorosa comunidad, cuya fama de santidad se extendió por la ciudad y llegó hasta Bolonia.

Catalina se sintió atraída por la vida santa que llevaban aquellas mujeres, y pidió y obtuvo ser admitida en su asociación. Los ejemplos de Lucía la confortaron y la ayudaron a profundizar en los caminos de la oración y abnegación. Pronto empezó a gozar de dones extraordinarios del Señor, que la llenaba de paz y amor, y se le revelaba para guiarla por los caminos de la santidad. Pero este oasis de paz luego se convirtió en desierto de dudas y sufrimientos. Catalina entró en una profunda crisis interior, una noche del espíritu, que iba a durar cinco años. Parecería que Dios la había abandonado a los caprichos del demonio. Se estuvieron sucediendo manifestaciones divinas y apariciones diabólicas que bajo las más diversas formas querían llevarla a la desesperación y al abandono de su vida mística apenas empezada. En verdad, Dios lo dispuso todo para prepararla a un abandono total de sí y a una entrega incondicional a su Señor. La luz y la liberación le llegaron a Catalina un día en que, oyendo misa, al llegar al Sanctus, se sintió como envuelta en un coro angélico de alabanza y acción de gracias a Dios. A partir de entonces recuperó la serenidad de espíritu y el sueño reparador, y pudo entregarse a la oración libre de las asechanzas del diablo.

Las pruebas por las que había pasado en plena juventud, y que le hicieron experimentar la propia pequeñez y la grandeza de Dios, robustecieron su espíritu e iluminaron su mente para discernir lo que proviene del espíritu de Dios y lo que son insidias del demonio en las almas. De todo ello nos dejó Catalina constancia en su Tratado de las siete armas espirituales. En esta obra, escrita en 1438 siendo ya clarisa en Ferrara, pero que confió a su confesor sólo cuando estaba a punto de morir, y que tiene tanto de autobiografía como de tratado de espiritualidad, Catalina, bajo el seudónimo de Catella, cuenta las luchas que hubo de sostener y los medios que empleó para vencer las terribles tentaciones de que estuvo llena largo tiempo. Habla también de los favores espirituales con que Dios recompensó su fidelidad. Al mismo tiempo describe el itinerario que ha de seguir el alma que quiera de veras servir a Dios: empezar haciendo una buena confesión y un firme propósito de no ofender a Dios, para unirse luego al Señor en el camino de la cruz. Y como todos los que deciden servir al Señor tendrán que enfrentarse con enemigos formidables, necesita el alma estar provista de armas adecuadas para arrostrar los embates del enemigo.

Estas armas son siete: 1) La diligencia, o sea, la prontitud en hacer el bien, que aleja la negligencia y la tibieza. 2) La desconfianza de sí mismo, que no es un impedimento para la acción, sino que nos lo hace esperar todo de la gracia, sin la cual nada de bueno podemos hacer. 3) La confianza en Dios, creyendo firmemente que el Señor no abandona a quien se confía a Él; por consiguiente, hay que entrar en combate sin temores, y nuestra confianza debe ir creciendo tal como crezca la violencia del asalto, puesto que Dios tiene los ojos puestos en nosotros, y siempre está pronto para asistirnos en el momento del peligro. 4) La meditación asidua de la Pasión del Salvador, de la que se debe tomar ejemplo y sacar valor y ayuda para la práctica de todas las virtudes; sin ésta, las demás armas serían ineficaces. 5) El pensamiento de la propia muerte, de la que ignoramos el día y la hora, lo que debe obligarnos a estar siempre preparados y a aprovechar bien el tiempo presente, que es el tiempo de la misericordia divina. 6) El pensamiento del cielo y de la inmensa recompensa que está reservada a aquellos que hayan combatido bien su combate acá en la tierra. 7) La Sagrada Escritura impresa en nuestra memoria; siendo como es la palabra de Dios, hemos de guardar sus máximas en nuestro corazón para meditarlas, alimentar con ellas nuestra alma y hacer de ellas la regla de nuestra vida. La Santa cuenta a continuación sus propias experiencias y las veces que el demonio la engañó por no haber desconfiado de sí misma. Con su relato Catalina quiere ayudar a las almas que pasan por crisis y noches del espíritu, y da a todas las religiosas consejos llenos de sabiduría, insistiéndoles en que manifiesten de inmediato a sus superiores o directores espirituales los avatares de su espíritu.

Mientras Catalina atravesaba aún la noche espiritual a que nos hemos referido, una noble dama, la princesa de Verde, conmovida por el admirable ejemplo de Catalina y sus compañeras, pensó fundar un monasterio en Ferrara dedicado al Santísimo Sacramento en el que aquella asociación piadosa pudiera vivir bajo la Regla de santa Clara. Por su parte, Lucía Mascheroni sentía la necesidad de dar a su grupo una estructura canónica más sólida. Ella era ya terciaria agustina y se inclinaba por adoptar la Regla de San Agustín; otras mujeres, entre ellas Catalina, preferían la Regla de Santa Clara por su mayor austeridad y por la simpatía que sentían hacia los franciscanos, que las atendían espiritualmente; finalmente todas, incluida Lucía, se decidieron por la primera Regla de las clarisas. Y empezaron las obras y los trámites ante los superiores religiosos.

En 1432 el provincial de los franciscanos les dio la Regla propia de santa Clara y, después de haber vestido el hábito seráfico, las recibió bajo su jurisdicción. Catalina tenía veinte años. Para iniciar a la nueva comunidad en la vida clariana, un grupo de clarisas del monasterio de Mántova se trasladó al nuevo monasterio de Ferrara, al que se le dio el nombre de Corpus Domini; una de ellas, sor Tadea, hermana de la princesa de Verde, fue designada abadesa. La comunidad no tardó en hacer grandes progresos en el camino de la perfección. Abrazaron con tanto fervor la vida austera de la Regla, que en 1446 san Juan de Capistrano, Vicario general de la Observancia, se sintió obligado a pedir al papa Eugenio IV un decreto por el que se moderaran sus austeridades y ayunos y se les permitiera llevar sandalias. Se repetía así la intervención moderadora de san Francisco para con santa Clara, y la de ésta para con santa Inés de Praga. Catalina, habiendo dejado atrás los años de tribulación espiritual y viéndose ya hija de santa Clara, emprendió con renovado fervor el camino de la contemplación y de la penitencia, y el Señor la colmó de gracias y carismas extraordinarios, entre los que se cuentan apariciones divinas, profecías y milagros. Al mismo tiempo, ella ejerció al principio en el monasterio el oficio de hornera, en el que sufrió mucho por el calor y porque le dañaba la vista.

Viendo sus cualidades y su celo en la observancia de la Regla, los superiores creyeron que era la persona más indicada para la formación de las jóvenes que pedían ingresar en el monasterio. Al principio ella trató de eludir semejante responsabilidad por considerar que no estaba preparada, hasta que comprendió que era la obediencia la que la invitaba a ser maestra de novicias, y aceptó. De inmediato se entregó al cuidado de sus novicias, a las que brindó consejos llenos de sabiduría de Dios y, más que consejos, su propio ejemplo. Les recordaba con frecuencia que el fundamento más firme de la perfección es la firme voluntad de buscar siempre y en todo el beneplácito de Dios y procurar su gloria, por lo que recomendaba de modo especial la virtud de la obediencia. Solía decir que las religiosas tienen dos escaleras para subir al cielo: la de las virtudes y la de la humildad que, según san Benito, tiene doce escalones.

La escalera de las virtudes de santa Catalina consta de diez escalones: la clausura interior, o sea, el aislamiento del mundo y de lo mundano que impiden el amor de Dios; el deseo insaciable de oír la voz de Dios y la prontitud en escucharla, venga de donde venga, del exterior o del interior; la modestia propia y necesaria de las vírgenes consagradas a Dios; el amor al silencio sin el que nuestra religión sería vana; la cortesía, o sea, la manera gentil y amable de comportarse con todos sin excepción; la diligencia en todas las acciones, que aleja la tibieza y la negligencia y es regulada por la discreción; la pureza de intención que consiste en pensar bien del prójimo e interpretar bien sus acciones; la obediencia a los superiores y también a los demás, sobre todo a quienes destacan por su sabiduría y prudencia, evitando así el peligro de que nos traicione nuestro propio juicio; la humildad, que nos conforma al divino Maestro; y por último el amor a Dios y al prójimo, que es la cima de la perfección.

Después del oficio de maestra de novicias, le confiaron el cuidado de la portería. Este cometido suponía para ella un gran sacrificio porque con frecuencia tenía que interrumpir su oración y sus devociones para atender a las personas que acudían al monasterio. Pero, al mismo tiempo, era motivo de gozo espiritual al poder atender a las personas necesitadas con las limosnas, las palabras de consuelo, los buenos consejos y siempre la actitud y comportamiento impregnados de amor y de bondad que transparentaban a los visitantes la imagen paternal de Dios.

En 1451 falleció la madre Tadea, la abadesa procedente de Mántova, y se llegó a plantear seriamente que Catalina la sucediera en el cargo. Pero ella, con lucidez y buen criterio, consiguió convencer a todos de que era preferible pedir una nueva abadesa al monasterio de Mántova, y, al mismo tiempo, aprovechar esta circunstancia para introducir la clausura, que todavía no se había establecido, en el monasterio de Ferrara. A todo ello accedió el provincial de los franciscanos, con profunda alegría de Catalina.

La vida religiosa de esta comunidad claustral progresó constantemente, y la fama de su santidad se extendió por la ciudad y por las regiones vecinas. De todas partes llegaban al monasterio jóvenes de toda clase y condición social que deseaban consagrarse a Dios. El monasterio empezó a resultar insuficiente y los superiores no querían negar al ingreso a quienes lo pedían. En tales circunstancias, el Vicario general de la Observancia, el P. Bautista de Levanto, pidió al papa Calixto III y obtuvo de él la facultad de fundar en Italia otros monasterios. Tan pronto como de divulgó la noticia de la concesión pontificia, las autoridades y el pueblo de Bolonia y de Cremona pidieron la gracia de tener dentro de sus muros a las hijas de santa Clara, cuyas oraciones y sacrificios serían la mejor protección de sus ciudades y fuente segura de bendiciones divinas para las mismas.

Los superiores aceptaron la fundación de un monasterio en Bolonia, y designaron para dirigirlo como abadesa a Catalina; ella trató de rehusar el cargo por considerarse incompetente para el mismo; pero una vez más, superada una crisis de salud, llegó a comprender que esa era la voluntad de Dios. El 20 de julio de 1456 llegaron a Ferrara varios caballeros enviados por el senado de Bolonia, y con ellos iba el Vicario general de la Observancia acompañado del beato Marcos Fantuzzi, Provincial de Bolonia, y de otros religiosos. Esta delegación se había trasladado a Ferrara para recoger a la abadesa y a sus hermanas y conducirlas a su nuevo monasterio. Con Catalina marcharon otras quince monjas, nueve de las cuales pertenecían a familias distinguidas y nobles de Bolonia. Para evitar manifestaciones de los habitantes de Ferrara, la comitiva salió de noche.

Llegaron a Bolonia el 22 de julio. Salieron a esperar a Catalina y a sus compañeras el cardenal Besarión, legado de la Santa Sede, y el cardenal arzobispo de Bolonia con el clero, el senado y los magistrados, así como una multitud de gente que dio muestras de satisfacción y alegría al ver en su ciudad particularmente a Catalina, cuya fama de santidad les había llegado; de ella y de sus hermanas esperaban la intercesión ante el Señor para conseguir sus bendiciones y en especial la paz ciudadana, profundamente turbada por las facciones enfrentadas. Y de hecho, a partir de entonces poco a poco comenzaron a ceder las divisiones y se fue restableciendo la paz.

A este nuevo monasterio de Clarisas de Bolonia se le dio el mismo nombre que tenía el de Ferrara, del Corpus Domini, o sea, del Santísimo Sacramento. Catalina había pasado veinticuatro años en Ferrara como clarisa, e iba a pasar otros siete en Bolonia.

Apenas alojadas en su monasterio, Catalina se entregó con todo esmero y premura al progresivo establecimiento de la Regla y observancias de santa Clara en su comunidad, a la vez que se preocupaba de ir adaptando las instalaciones del monasterio a su vida claustral. Pronto empezaron a llegar nuevas vocaciones y se multiplicaron de tal manera que hubo que ampliar el edificio con nuevas construcciones. Terminado el trienio del mandato de Catalina, el Bto. Marcos Fantuzzi, provincial de Bolonia, las visitó para presidir el capítulo del monasterio que debía elegir a la nueva abadesa. Catalina fue elegida de nuevo y permaneció en el cargo hasta su muerte.

Huelga subrayar la caridad materna con que atendía a sus hijas espirituales en todas sus necesidades, sin ahorrarse fatigas ni trabajos; siempre estaba dispuesta a consolarlas en sus tribulaciones y a acompañarlas en sus crisis y tentaciones. Sentía una especial compasión por la enfermas, a las que visitaba con frecuencia, prestaba los servicios más humildes, consolaba con palabras llenas de ternura, fortalecía con acertadas motivaciones espirituales. Se dice que el Señor siguió concediéndole dones extraordinarios incluyendo visiones divinas y hechos milagrosos. En su vida se armonizaban una intensa actividad y una constante unión contemplativa con Dios.

En su espiritualidad hay que destacar ante todo su ardiente amor a Dios, motor y causa de toda su vida. Los largos y penosos años de crisis y lucha espiritual desarrollaron en ella una profunda humildad ante el Señor y también ante sus hermanas, a las que servía y a las que valoraba más que a sí misma. Mantener el vínculo de la caridad y de la paz entre sus hijas espirituales fue siempre una de sus grandes preocupaciones como abadesa. Alma profundamente franciscana, vivió con alegría interior el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén, el amor a Jesús vivo en la Eucaristía, y todo ello con su temperamento vivaz, artístico, que la llevaba al canto y a la danza. Escribía versos en italiano y en latín, enseñaba oraciones y cantos nuevos. Compuso textos de formación y de devoción, y un largo relato de la Pasión en latín. Tenía un breviario bilingüe escrito de su mano y que ella misma había adornado con ricas miniaturas; lo usaba ella y lo prestaba fácilmente a las demás, de suerte que parecía el breviario de la comunidad.

Pero llegó el momento en que la abadesa del monasterio del Corpus Domini de Bolonia podía decir con san Pablo: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor me premiará; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida» (2 Tim 4,7-8). El 25 de febrero de 1463, Catalina reunió por última vez a sus hermanas y les habló largo tiempo, anunciándoles su próxima muerte, recordándoles las virtudes cuya práctica tanto les había inculcado y exhortándolas a mantener entre ellas la unión, la paz y la caridad. Pocos días después, sufrió violentos dolores, que ya no la dejaron. Aún dirigió a sus apenadas hijas palabras de consuelo, les prometió que nunca las abandonaría sino que acudiría siempre en su ayuda, y les recomendó especialmente el cuidado de las novicias y el respeto y obediencia a la vicaria; les encomendó también el cuidado de la madre de ella.

En 9 de marzo de 1463, en el monasterio del Corpus Domini de Bolonia, después de haber recibido los últimos sacramentos, Catalina entregó al confesor su tratado Le sette armi spirituali, que nadie había visto hasta entonces. Luego entró en agonía, su rostro se volvió hermoso y sereno, dirigió a sus hijas una mirada llena de paz y de amor, y expiró después de haber pronunciado tres veces el nombre de Jesús. Los franciscanos presidieron sus funerales y la santa fue enterrada en el cementerio de la comunidad. Pasado algún tiempo y en vista de los milagros y hechos prodigiosos que se producían en torno a la sepultura de la santa, con los debidos permisos desenterraron su cadáver, y lo encontraron incorrupto y difundiendo un suave perfume. Estuvo siete días expuesto a la veneración de los fieles, que acudían en masa a contemplar aquel cuerpo del que se decían cantidad de hechos maravillosos: los colores de la cara como si estuviera viva, el perfume que despedía, el saludo con una sonrisa a sus monjas mientras era trasladado, etc. El cuerpo de Catalina fue enterrado de nuevo, ahora en la iglesia del monasterio. Pero continuaron los hechos prodigiosos en torno a su tumba y se multiplicaron los visitantes y peregrinos. Una vez más desenterraron a la santa y la pusieron en una especie de urna de cristal, sentada en un trono con baldaquino, con el rostro descubierto, las manos sobre las rodillas y los pies a la vista. Así se conserva desde hace siglos, como si fuera una persona viva, en una capilla contigua a la sacristía. Se dice que cuando trasportaron el cuerpo de Catalina a su ubicación final, al pasar por el altar mayor, se incorporó y se inclinó profundamente como para adorar al Santísimo.

Ya en vida a Catalina la llamaban santa y este apelativo se difundió cada vez más a partir de su muerte, tanto entre quienes la conocieron como entre aquellos que nunca la vieron pero oyeron hablar de los prodigios que la acompañaron mientras vivió y después de muerta. La canonizó solemnemente el papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712.