Juan y yo: una unión más allá de la muerte
María de Bonilla Lodares es la mujer que lo escribe y la que os presenté en el segundo corto de La Cima; es la madre que perdió a su bebé al nacer. Es impresionante su testimonio.

Escribo estas líneas desde lo más profundo de mi alma, desde el dolor tan grande y, a la vez, la paz tan profunda experimentada con la vida y la muerte de mi tercer hijo, Juan.
Los embarazos de mis dos primeros hijos fueron normales. Con el tercero, Juan, todo iba bien hasta la segunda ecografía en la que detectan “problemas” al bebé, que se confirmaron de inmediato con una prueba denominada triple screening: Juan tenía una altísima probabilidad de padecer el síndrome de Edwards o trisomía 18: los niños tienen retraso mental y suelen morir en el primer año de vida.

En este primer momento experimenté cómo se me invitaba a lanzarme al abismo. Mientras yo estaba viendo en la ecografía a mi hijo con sus brazos, con sus piernas, moviéndose, el ginecólogo de forma seca, distante, me informaba que tenía que hacerme rápidamente la amniocentesis para tomar la decisión de “interrumpir” con total seguridad. Yo iba tan ilusionada a ver a mi hijo y de repente era tratado como “algo'” feo, sucio, peligroso, prácticamente un “grano” que me tenía que arrancar rápidamente, antes de que siguiera creciendo y fuera peor. Tristemente demasiadas veces tuve que oír esta pregunta: “Todavía estás a tiempo para interrumpir, ¿por qué sigues adelante?” “Esto no tiene ningún sentido”.
Haciendo esfuerzos por no escuchar lo que algunos desde fuera me decían, traté de oír en lo más profunda y genuino de mi interior. Volvían a mí los versos de un poeta árabe, K. Gibram, que había leído muchos años atrás y que debían haber quedado registrados en algún hueco de mi alma. Busqué el libro en el desorden de mi biblioteca, lo releí varias veces:
“(…)Y una mujer que sostenía un niño contra su seno dijo: háblanos de los Niños: y él dijo: vuestros hijos no son vuestros hijos; son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de perpetuarse; vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros; y aunque están a vuestro lado, no os pertenecen; podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos; porque ellos tienen sus propios pensamientos; podéis cobijar sus cuerpos, pero no sus almas; porque sus almas viven en la casa del porvenir, que esta cerrada para vosotros, aun para vuestros sueños; podéis esforzaros en ser parecidos a ellos, pero no busquéis hacerlos a vuestra semejanza… “: El Profeta (K.Gibran).

Y encontré “mi” respuesta: Yo no era dueña de la vida de mi hijo. ¿Quién era yo para decidir cuánto tenía que vivir mi hijo?, ¿tenía yo “esa responsabilidad” (nada más y nada menos) que ser dueña de los minutos de su vida? También pensaba: “Si alguno de mis otros dos hijos tuvieran un accidente grave y me dijeran que le quedaba un año de vida y que (supuestamente) podía “ahorrarle” ese año, ¿yo qué hubiera hecho?, ¿hubiera “interrumpido” su vida o hubiera hecho todo lo posible por hacerle lo más feliz ese último año?”
Decidí, por tanto, respetar la vida que la sabia naturaleza le regalara. Este fue el punto de inflexión que hizo que, a partir de aquel momento, comenzara el camino de aceptación incondicional de mi hijo, viniera como viniera, hasta conseguir llegar a abrazarlo con todo mi ser, mi mente y mi cuerpo. Lo primero que hice fue buscar un ginecólogo que, junto a su capacitación profesional, importantísimo, se uniese su gran calidad humana, quizás tan importante o más que lo anterior en estos casos. Y afortunadamente lo encontré en uno que siempre me mostró una gran cercanía y un profundo respeto por mí y por mi hijo.

Una serie de acontecimientos casuales fueron acompañando la vida de mi hijo durante el embarazo. Cuando acudí a la clínica para realizarme el triple screening, la enfermera, que no sabía nada, me dio la enhorabuena por mi embarazo. Entonces yo no pude evitar deshacerme en lágrimas. Le expliqué qué me pasaba. Y cual sería mi asombro cuando ella, también muy emocionada, me contó que unos trece años atrás le había pasado exactamente lo mismo, optando por el aborto. Yo quería saber qué me aconsejaba, porque ella había pasado por lo mismo que yo estaba pasando. Me contó que desde entonces tomaba una severa medicación dentro del tratamiento psiquiátrico que recibía y que no había día que no le vinieran pensamientos atormentadores. Un detalle que me conmovió profundamente fue cuando me dijo: “María, este momento que estás viviendo es muy doloroso. Yo lo pasé y te entiendo perfectamente. Pero el dolor que te queda después de haber abortado es desgarrador. Tú podrás despedirte de tu hijo en paz, incluso a lo mejor hasta lo podrás enterrar. Sufrirás mucho esa pérdida pero una vez pasada tendrás paz, recordarás a tu hijo con la mente y el corazón tranquilos. En cambio para mí el dolor es cada día mayor porque sé cada vez con mayor certeza que “aquella cosa” era “mi hijo”. Y realmente esta mujer, que ni mi hijo ni yo olvidaremos nunca, acertó en cómo se desarrollarían los acontecimientos y el desenlace final.

Mi situación me permitió conocer a otras mujeres que habían abortado y que me confiaron sus historias de dolor y soledad. Almas inocentes que acabaron tirando la toalla optando por matar la vida de lo más grande que tenían, la vida de un hijo en su seno. Mujeres que vieron rotas sus vidas para siempre, porque en un momento dado, ante la indiferencia y la complicidad del mundo, la ola de la soledad las golpeó fatalmente, empujándolas hacia una única opción. Recuerdo especialmente el caso de una de ellas, que había abortado hacía ya quince años. Sin conocerme apenas, me relató todos los detalles de aquel aborto, con un dolor y un detalle trágico que revelaban lo profundamente herida que se sentía todavía y cómo este hecho había afectado negativamente desde entonces, e incluso hasta hoy en día, todas sus relaciones afectivas. Entre otras cosas me decía: “Yo además opté por el aborto libremente, por tanto no puedo quejarme. No puedo compartir con nadie aquel hecho porque temo me echen en cara que fui yo la que libremente tomé aquella decisión”. Esta mujer que ideológicamente no tenía prejuicios ante el aborto, me relató que ya cuando estaba en el quirófano sintió que le estaban arrancando a su hijo, que ella quería huir, “pero que ya era demasiado tarde”.

Mientras Juan iba creciendo dentro de mí, si bien no dejé de llorar, fue un sufrimiento cada vez más sosegado y liberador. Quería y disfrutaba de la vida de mi hijo en mi vientre, con sus patadas, sus movimientos… me pasaba el día “escuchando” mi cuerpo, intentando conocer a mi hijo a través de mis sensaciones. Aproveché mi embarazo al máximo. Después, al dar a luz de forma prematura, contemplé durante la media hora que vivió, cómo Juan era un niño precioso. Tuve la inmensa suerte de abrazar su cuerpo y pude despedirme de él. Fue una pérdida sosegada, tranquila, con el ritmo que la naturaleza marcó.

Yo, gracias a la decisión que tomé junto a mi marido, y acompañada por mi familia, por amigos y por sacerdotes muy queridos, tuve siete meses para disfrutar y despedirme de mi hijo. Pienso muchas veces qué horrible tiene que ser perder a un hijo de forma repentina sin poder decirle un “te quiero”, un “adiós”. En cierto modo, me he sentido privilegiada.
Ahora puedo hablar con mucha paz de Juan a Rodrigo, mi hijo mayor de cuatro años. Lo ha entendido perfectamente y mucho mejor que los adultos, desde la sencillez con que un niño puede entender la muerte. A menudo nombra a Juan con la sabia espontaneidad infantil y que a nosotros, aparte de dejamos perplejos, nos enseña mucho.
El nacimiento de mi hijo se encuentra anotado en el legajo de Criaturas Abortivas del Registro Civil. Esto fue y es muy doloroso para mí y mi marido. Por no haber vivido veinticuatro horas tras nacer, tal y como indica la ley actual, mi hijo es como si no hubiera existido; no puedo inscribirlo con su nombre y aparece calificado como “feto de María de Bonilla”. En este tiempo que tanto se habla de la “extensión de derechos” a mi hijo se le niega el derecho a tener un nombre.
Deseo terminar esta carta con algunas reflexiones:

– ¿Por qué el Gobierno, la Administración Pública y las autoridades médicas no informan a la mujer del síndrome Post Aborto1 con la misma premura que se informa de la posibilidad de abortar? Creo que se debe apostar en España, como se está haciendo en otros países de la Unión Europea, por un acompañamiento psicológico financiado para la mujer gestante. Probablemente, la sanidad pública se ahorraría la atención no sólo los de costes de un aborto, sino la atención psiquiátrica post-aborto que las mujeres necesitan de por vida en la mayoría de los casos.
– Paradójicamente hay muchas parejas que no pueden tener hijos y están deseando adoptar o acoger y que no lo pueden hacer puesto que en España el proceso es muy largo y complejo, y en el extranjero resulta realmente costoso para muchos. ¿No tendría mucho más sentido una política destinada a apoyar a las madres en su embarazo y facilitar la adopción y acogimiento de los recién nacidos? Se ahorrarían muchos sufrimientos y sobre todo se evitaría esa tragedia silenciosa que es la muerte de un bebé.
Termino ya, con la pregunta que me hizo una mujer a la que yo no supe qué contestar: “Me dijeron que abortar era la buena decisión. Pero no me hablaron del enorme vacío emocional y físico que iba a sentir y que me destruiría para siempre. ¿Qué puedo hacer con el dolor que siento?”

Juan y yo nos abrazamos fuertemente a la Vida y en el momento de la despedida le di las gracias por haberlo conocido y le pude susurrar un “hasta luego”.

1 El síndrome Post Aborto consta de un conjunto de secuelas que se quedan en la mujer que ha abortado de forma voluntaria. Es muy común que las mujeres tengan una reacción tardía al aborto. Pueden transcurrir de algunas semanas a muchos años antes de que aparezcan síntomas. Algunos de los síntomas psicológicos, perfectamente comprobados, son: negación, ira, culpa; incapacidad de tener relaciones en la sociedad; desespero o depresión; abuso de niños; incapacidad de perdonarse a uno mismo o a otros, pesadillas que se repiten; relaciones rotas; negación de la pena y la aflicción por el niño abortado, desórdenes en el comer; preocupación por la muerte o en el aniversario del aborto; pensamientos o tendencias suicidas. El listado de posibles secuelas físicas es enorme. Pueden obtener más información en la página de Internet. www.vidahumana.org/vidafam/aborto/riesgos-aborto.htm