Se apareció el ángel..

SE ME APARECIÓ UNA FIGURA MUY BELLA, CON MUCHOS

RESPLANDORES, QUE NO ME LASTIMABAN NADA LOS OJOS

“Una vez cansadas de tirar piedras, y ya más satisfechas (el sosiego que vuelve a sus conciencias después de la reacción antidiabólica), empezamos a jugar a las canicas con piedrecitas del suelo.

De pronto, SE ME APARECIÓ una figura muy bella, con muchos resplandores, que no me lastimaban nada los ojos” (.

En el lenguaje de estas niñas de aldea, pobres de léxico y nada acostumbradas a la literatura de superlativos que tanto derrocha la propaganda, esas escuetas expresiones suponen la más extraordinaria ponderación. La figura aparecida, y los resplandores que la envolvían, eran tan por encima de todo lo bello e impresionante que puede contemplarse aquí abajo, que Conchita quedó arrancada de sí y del mundo por la admiración y la sorpresa…

“Las otras niñas, Jacinta, Loli y Mari Cruz (ellas se lo contaron después), al verme en este estado, creían que me daba un ataque, porque yo decía con las manos juntas: ¡Ay… Ay… Ay…! Cuando ellas ya iban a llamar a mi mamá, se quedaron en el mismo estado que yo, y exclamaron a la vez: ¡Ay, el ángel!

Luego hubo un corto silencio entre las cuatro…; y de repente, desapareció (La niña nos cuenta así “desde dentro”, lo que ocurrió en aquella visita del cielo; pero podemos completar su informe con algún detalle exterior, que debemos al susodicho brigada don Juan Álvarez Seco.

“Unas niñas, que jugaban también por los alrededores, al ver a las cuatro en aquella extraña actitud, se pusieron a tirarles piedras; entonces el ángel las llevó como a unos cincuenta metros más arriba, en la misma calleja. Una vez allí, y mientras duraba su posición extática de rodillas, quiso pasar por entre ellas un vecino del pueblo que venía de arriba, del monte, con un panal de miel, al ver que no se movían para dejarle pasar, y bien ignorante de lo que estaba ocurriendo, se sintió malhumorado por la “poca educación de aquellas crías”… Después de haberlas pasado en dirección al pueblo, se volvió el hombre a mirar hacia arriba, y fue grandísima su sorpresa al ver que las niñas continuaban allí, exactamente en la misma postura y posición de antes. Cuenta él, que en toda la noche apenas pudo dormir, pensando en que todo aquello era muy raro…; se lo dijo a su mujer, pero ésta le contestó que no tenía importancia, “¡cosas de niñas!” Este vecino del pueblo se llama Vicente Mazón.).

Al volver normales, y muy asustadas, corrimos hacia la iglesia, pasando de camino por la función de baile que había en el pueblo. Entonces, una niña que se llama Pili González nos dijo: ¡Qué blancas y asustadas estáis! ¿De dónde venís?

Nosotras, muy avergonzadas de confesar la verdad, le dijimos: ¡De coger manzanas! Y ella dijo: ¿Por eso… venís así?

Nosotras le contestamos todas a uno: ¡ES QUE HEMOS VISTO AL ÁNGEL!

Y ella dijo: ¿De verdad?

Nosotras: Sí, sí… Y seguimos nuestro camino en dirección a la iglesia; y esa chica quedó diciéndoselo a otras.

Una vez en la puerta de la iglesia, y pensándolo mejor, nos fuimos detrás de la misma a … LLORAR”.

Confieso que conmueve este cuadro de las niñas, que necesitan desahogar su indecible emoción, y se refugian detrás de los muros de la iglesia para soltar su llanto… Un instinto misterioso de su alma cristiana las ha llevado allí. No pueden explicarse lo que les acaba de pasar, pero sienten oscuramente que es algo muy grande… y hasta presienten que puede ser el comienzo de cosas aún mayores; ¿dónde buscar cobijo y protección, sino en el lugar que especialmente guarda la presencia de Dios?, ¿no es también allí donde mejor puede rezarse a la que es Madre suya y nuestra, tan dispuesta siempre a favor de sus pobres hijos? Pero antes de pasar al interior para rezar, necesitan desahogarse a sus muros por fuera.

Los muros aquellos, severos, macizos, levantados sobre la pequeña meseta de Garabandal, frente a los más bravíos repliegues de la cordillera Cantábrica (Es la que recorre casi todo el Norte de España, próxima y paralela al mar Cantábrico, separando las breves tierras de la costa, de las altas y extensas del interior.), saben de siglos y de temporales, de soles y de noches…; generaciones y generaciones de garabandalinos han acudido allí con sus mejores alegrías, con sus más recónditas penas, con sus postreras esperanzas… Pero jamás aquellos muros habían sentido un llanto de niñas tan inefable, tan fuera de serie como éste de las cuatro que así lloran a su amparo mientras se pone para siempre el sol del día 18 de junio de 1961.

No hubo quien entonces subiera a la torre para señalar aquella hora con un toque de campanas; pero, ciertamente, con el llanto de aquellas niñas, que no estaban precisamente tristes, algo misterioso empezaba a repicar en Garabandal, que iría encontrando muchísimo eco en innumerables corazones.

“Unas crías, que andaban jugando, nos encontraron, y al vernos llorar, nos preguntaron: ¿Por qué lloráis? Nosotras les dijimos: Es que HEMOS VISTO AL ÁNGEL.

Ellas echaron a correr a comunicárselo a la señora maestra (En Garabandal había dos escuelas nacionales en el mismo edificio: para niños, una; para niñas, otra. A la primera atendía el señor maestro del huerto del manzano; la segunda estaba regentada por esta señora que entra ahora en escena y que debía de llevar ya bastantes años en el pueblo. Su nombre: doña Serafina Gómez González; era natural de Cossío; viuda de don Raimundo Rodríguez y con una niña llamada Toñita.).

Nosotras, una vez que terminamos de llorar, volvimos a la puerta de la iglesia y entramos dentro. En aquel mismo momento llegó la señora maestra, toda asustada, y en seguida nos dijo:

–Hijas mías: ¿Es verdad que habéis visto al ángel?

–Sí, señora.

–¿A ver si es imaginación vuestra?

–¡No, señora, no! ¡Hemos visto bien al ángel!

Entonces la maestra nos dijo: Pues vamos a rezar una estación a Jesús Sacramentado en acción de gracias” (Práctica de devoción eucarística muy corriente en España; consta de seis padrenuestros, avemarías y glorias, con la invocación: “Viva Jesús Sacramentado–Viva, y de todos sea amado”. Solía rezarse especialmente: al dejar expuesto el Santísimo, al hacer una visita al Señor ante el sagrario, y como acción de gracias colectiva después de la comunión.

En su origen –atribuido a los franciscanos– parece que estos seis padrenuestros de la estación tenían el siguiente sentido: cinco, como homenaje de adoración al Señor en sus cinco llagas: las de los pies, manos y costado, y el otro, sexto, como rezo a intención del Romano Pontífice para ganar las indulgencias.).

Sabemos que durante esa inolvidable estación, las palabras del rezo se les entrecortaban a las niñas por sollozos y por risas. “Estábamos tan no sé cómo –ha confesado Loli–, que tan pronto reíamos como llorábamos.”