Reparador de la Virgen de los Dolores desde 8 de Mayo de 2011

A lo largo de mí corta vida, el Señor no se ha cansado de venir a mí encuentro y de invitarme a vivir en su Verdad. En la medida en que mi corazón se abrió a Él, más especial, feliz e intenso, fue el encuentro con el Señor. Pero nunca abrí, verdaderamente, mi corazón al Señor, dando de mí mismo, sin barreras, o sea, sin dejar de lado mis condiciones. Siempre tuve la limitación “en función de mí”, hasta el primer sábado de febrero en Prado Nuevo: Guiado por la Santísima Virgen, tuve el encuentro que cambió radicalmente mi vida, dando sentido a todos los momentos en que el Señor ha venido a mí encuentro. De esta vez he procurado vivir la presencia del Señor en función de Su voluntad, y en ella descubrí mi voluntad y realización más profundas.

Vivía entonces en Ginebra, Suiza, y trabajaba en una empresa farmacéutica, donde ejercía funciones de gran responsabilidad, tanto a nivel operacional, como de desarrollo de negocios. Todo pasaba por mí, ya que éramos el director general y yo quienes firmábamos cada documento oficial de la empresa, en representación del dueño de la misma, y también fundador y presidente de una de las mayores empresas de genéricos del mundo. Con él creé una relación muy especial tanto a nivel profesional cómo personal, que me permitió aprender, ver, vivir y abrazar muchas cosas del mundo, y muy rápidamente.

Era, por tanto, una persona realizada profesionalmente. Tenía un trabajo de sueño, que me daba mucha ilusión, y a lo cual me dedicaba, básicamente, a tiempo entero: cuando se trataba de trabajo, no había límites. Rápidamente mí voluntad de hacer crecer la empresa y de aprender el máximo posible ocupó el primer lugar de mis prioridades. Mi confianza, realización personal y felicidad estaban, antes de cualquier otra cosa, puestas en mí trabajo, que además de ser, por sí mismo, muy estimulante, me proporcionaba una condición social y un estilo de vida muy atractivo y placentero: era frecuente viajar por varias ciudades de Europa y quedarme en los mejores hoteles. Tanto estaba un fin-de-semana en las fiestas de la moda de Paris, como en un spa en Milán el fin-de-semana siguiente, o en los Alpes disfrutando de unos días de snowboard… O podía ir más lejos y estar de copas en el mejor hotel del mundo, en Dubái, o de noche vieja en Rio de Janeiro. Era normal recibir invitaciones de amigos para ir a ver el gran premio a Malasia o ir a pasar unos días a Saint-Tropez, con la misma naturalidad con que se es invitado para una tarde de tapas en una terraza de Madrid. La distancia y el dinero poco a poco iban dejando de ser una limitación, y el mundo parecía tornarse cada vez más pequeño, a la medida que mi ego y autoconfianza se tornaban cada vez mayores. Me acostumbré a adaptarme a diferentes países, culturas y ambientes con mucha facilidad, y vivir esa flexibilidad era para mí un gozo y un orgullo.

Tenía las puertas abiertas por donde quiera que fuera, y normalmente según mis reglas. Todo en mi vida parecía perfecto. Todo giraba de acuerdo con mí voluntad y en función de mis gustos y apetitos. Y así ha sido hasta que la enfermedad de una persona querida me ha hecho reflexionar acerca de mí vida. Yo, que me veía invencible y capaz de resolver todo, experimenté que la solución de este problema estaba más allá de mi capacidad. La impotencia de cara a la enfermedad, y el sufrimiento de ver a alguien querido sufriendo, me llevaron a parar el ritmo alucinante de mí vida y a buscar ratos de silencio para pensar en soluciones.

En el silencio, sin ninguna intención, fui permitiendo a Dios el espacio suficiente en mí vida para que me hablara al corazón y me dijera, o acordara, que no podía ser yo el centro de mí vida, sino Él, y que toda mi confianza tenía que estar puesta en Él, y no en mí. En este proceso de búsqueda, me acordé de Prado Nuevo del Escorial, donde había estado en Abril de 2006 por última vez. Decidí, entonces, marcar vuelo para Madrid para ir el primer sábado de febrero a Prado Nuevo, sin saber muy bien porqué. Algo me decía que tenía que ir.
Ya en Prado Nuevo es cuando siento una alegría inmensa que me deja perplejo. Miraba a todas partes, buscando una explicación razonable para mí estado de felicidad y paz, y solo veía árboles y pradera. Yo, que estaba acostumbrado a crear mis momentos de felicidad, con mis programas y mis sucesos, teniendo todo pensado y bajo control, era ahora desbordado por una felicidad inmensa que no dependía, para nada, de mí. Era algo que venía desde dentro, que me estaba siendo regalado, sin cualquier tipo de dependencia de mis capacidades, lo que me permitió experimentar una paz increíble que jamás había experimentado en el mundo. Percibí que por las gracias tan abundantes que la Santísima Virgen derrama en Prado Nuevo, y guiado por su mano inmaculada, he podido encontrarme con el Señor, que me hacía sentir verdaderamente libre. En ese momento era fácil sentir y decir: “Solo Dios basta.” La felicidad y paz que experimentaba en mi corazón eran evidentes, y el motivo era, sin duda, la grandeza del amor de Dios.
En ese primer sábado, del 5 de Febrero de 2011, entendí que todos los años anteriores, de inquietud, ansiedad y búsqueda, no fueron más que intentos de encontrar el sentido de mí vida: ser feliz. En ese día supe en mí corazón que esa inquietud y esa búsqueda había terminado, en el momento en que abrí mí corazón a Jesús. La ansiedad dio lugar a una paz increíble, que me decía que mi vida jamás sería la misma. ¿Pero cómo corresponder a ese amor que experimentaba en mí corazón? ¿Cómo vivirlo desde ese momento en adelante?
El domingo del mismo fin-de-semana, en la misa, después de la comunión, decía en el silencio de mí corazón: “Señor quiero centrarte en mi vida, ofrecerte mi trabajo, mis proyectos, mi futura familia”. Pero sentí, en mi corazón, el impulso de querer dejar todo por Él, como si el Señor me dijera: “No quiero tu trabajo, o tu futura familia… quiero tu vida. ¡Ven y sigue-Me!”. Sentí miedo, pensando que podía estar interpretando mal todo lo que pasaba en mí corazón. Pero decidí que si era de verdad Dios quien me estaba llamando a seguirle, tendría por lo menos que intentarlo… Y así en medio de muchas pruebas, dificultades, y sacrificios, fui dejando la vida que estaba construyendo en el centro de Europa a pasos largos. Era todo lo que el Señor quería de mí, para poder empezar a hacer maravillas en mí vida: confianza en su amor por mí.

Así, por la gracia de Dios, entré en el seminario, dejando una vida de negocios para volver a estudiar en una lengua nueva. Cambié mis vacaciones de festivales de verano y “surf-trips”, para trabajar en el campo, o en el jardín, etc. Dejé mi apartamento para compartir una habitación con otros tres seminaristas. Finalmente dejé de vivir según mis reglas y gustos, para vivir según la voluntad del Señor, manifestada en los superiores de esta bendita Obra a la cual el Señor me llamó, inmerecidamente. Y el resultado es que ¡nunca he sido tan feliz!
La felicidad y paz que habitan en mi corazón, son para mí la confirmación de que todo lo que el mundo podría ofrecerme no sería suficiente para que me realizara como hombre y fuera feliz. La felicidad no está en los sucesos del mundo: he podido empezar una carrera de sucesos, viajar por el mundo, salir con portadas de revista, hacer los programas más originales. Todo eso me daba mucha confianza en el mundo y me hacía ganar el respeto de las personas, pero, ¿para qué?, ¿adónde iba yo con esos sucesos?, ¿y por cuánto tiempo? En verdad no era feliz, y me estaba quedando vacío por dentro. Todas mis metas, todos mis objetivos estaban puestos en sucesos que pasan, que tienen un fin… al contrario de mí vida que es eterna. Solo en el “Camino, Verdad y Vida” de Jesucristo, y Su amor, el mismo amor por el cual fui creado, y que me sostiene, he podido encontrar respuesta para todas mis inquietudes y entender que aun aparentando tener todo, no tenía nada.
Por la gracia de Dios pude comprender que estaba orientando toda mi vida en función de los pocos años de vida terrena que me quedan, cuando lo único que realmente importa, en esta vida de pasaje, es preparar el encuentro con la Divina Majestad de Dios que determinará toda una eternidad de gloria; o de miseria y dolor apartado de El.
Esta es la verdad a que el Señor me llamó a vivir, en Prado Nuevo, y a dar a conocer que somos hijos de Dios, que nos ama infinitamente, y que tenemos preparadas para nuestras vidas grandes maravillas, que podemos empezar a vivir ya aquí en la Tierra, por Jesucristo que habita entre nosotros, presente en el Sagrario y en la Eucaristía.

Miguel