Ana Catalina Emmerich:

“María lloraba a menudo por ansias de ver al Niño Redentor.
Muchas veces la vi rezar y meditar. Como todos los seres humanos más santos, sólo comía para vivir..
Además de las oraciones prescritas en el Templo, la devoción de María era un anhelo incesante, una oración interior constante de que llegara la Salvación.
Todo lo hacía silenciosa y discretamente y cuando todos dormían se levantaba del lecho a implorar a Dios.”