La adoración en griego quiere decir postrarse, reconociendo a Dios como creador, como mi todo. Y en latín significa dar un beso, un abrazo. Es un gesto de amor. Vale decir, estar con Dios, dejarse amar, inspirar, bendecir, proteger, sanar y liberar por Él, porque está en persona.

Así respondemos al primer mandamiento, que es “amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”. El milagro más grande de la adoración perpetua en la Iglesia Católica es que Jesús esté presente de día y noche. Debemos darle el lugar que se merece, después de todo lo que ha hecho por nosotros. Es lo que pensaba Benedicto XVI, quien decía que las Iglesias son expoliadas o se convierten en museos, porque la vitalidad de una Iglesia depende de que sus puertas estén siempre abiertas y que se adore sin interrupción.

Jesús está en los sagrarios para siempre con nosotros, sólo y abandonado como un prisionero, por amor. La Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, le dice a Juan Diego “mucho quiero que en este lugar me hagan mi casita sagrada, donde lo mostraré, donde lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto”. Ella dice que lo saquemos del sagrario para que lo podamos ver y que lo adoremos para estar con Él. Allí es donde la Iglesia va dando frutos… “el que permanece en mí y yo en él, va dando frutos, pero separado de mí, nada puede nacer”. Este es el secreto de los frutos de la Iglesia.