obispo y mártir (año 155)

Policarpo significa: el que produce muchos frutos de buenas obras.
(poli = mucho, carpo = fruto).
San Policarpo tuvo el inmenso honor de ser discípulo del apóstol San
Juan Evangelista. Los fieles le profesaban una gran admiración. Y
entre sus discípulos tuvo a San Ireneo y a varios varones importantes
más.

En una carta a un cristiano que había dejado la verdadera fe y se
dedicaba a enseñar errores, le dice así San Ireneo: “Esto no era lo
que enseñaba nuestro venerable maestro San Policarpo. Ah, yo te puedo
mostrar el sitio en el que este gran santo acostumbraba sentarse a
predicar. Todavía recuerdo la venerabilidad de su comportamiento, la
santidad de su persona, la majestad de su rostro y las santísimas
enseñanza con que nos instruía. Todavía me parece estarle oyendo
contar que él había conversado con San Juan y con muchos otros que
habían conocido a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de
ellos. Y yo te puedo jurar que si San Policarpo oyera las herejías que
ahora están diciendo algunos, se taparía los oídos y repetiría aquella
frase que acostumbraba decir: Dios mío, ¿por qué me has hecho vivir
hasta hoy para oír semejantes horrores? Y se habría alejado
inmediatamente de los que afirman tales cosas”.

San Policarpo era obispo de la ciudad de Esmirna, en Turquía, y fue a
Roma a dialogar con el Papa Aniceto para ver si podían ponerse de
acuerdo para unificar la fecha de fiesta de Pascua entre los
cristianos de Asia y los de Europa. Y andando por Roma se encontró con
un hereje que negaba varias verdades de la religión católica. El otro
le preguntó: ¿No me conoces? Y el santo le respondió: ¡Si te conozco.
Tu eres un hijo de Satanás!

Cuando San Ignacio de Antioquía iba hacia Roma, encadenado para ser
martirizado, San Policarpo salió a recibirlo y besó emocionado sus
cadenas. Y por petición de San Ignacio escribió una carta a los
cristianos del Asia, carta que según San Jerónimo, era sumamente
apreciada por los antiguos cristianos.

Los cristianos de Esmirna escribieron una bellísima carta poco después
del martirio de este gran santo, y en ella nos cuentan datos muy
interesantes, por ejemplo los siguientes:

“Cuando estalló la persecución, Policarpo no se presentó
voluntariamente a las autoridades para que lo mataran, porque él tenía
temor de que su voluntad no fuera lo suficientemente fuerte para ser
capaz de enfrentarse al martirio, y porque sus fuerzas no eran ya tan
grandes pues era muy anciano. El se escondió, pero un esclavo fue y
contó dónde estaba escondido y el gobierno envió un piquete de
soldados a llevarlo preso. Era de noche cuando llegaron. El se levantó
de la cama y exclamó: “Hágase la santa voluntad de Dios”. Luego mandó
que les dieran una buena cena a los que lo iban a llevar preso y les
pidió que le permitieran rezar un rato. Pasó bastantes minutos rezando
y varios de los soldados, al verlo tan piadoso y tan santo, se
arrepintieron de haber ido a llevarlo preso.

El populacho estaba reunido en el estadio y allá fue llevado Policarpo
para ser juzgado. El gobernador le dijo: “Declare que el César es el
Señor”. Policarpo respondió: “Yo sólo reconozco como mi Señor a
Jesucristo, el Hijo de Dios”. Añadió el gobernador: ¿Y qué pierde con
echar un poco de incienso ante el altar del César? Renuncie a su
Cristo y salvará su vida. A lo cual San Policarpo dio una respuesta
admirable. Dijo así: “Ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo
y El nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a El ahora?
Yo seré siempre amigo de Cristo”.

El gobernador le grita: “Si no adora al César y sigue adorando a
Cristo lo condenaré a las llamas”,. Y el santo responde: “Me amenazas
con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero
es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga”.

En ese momento el populacho empezó a gritar: ¡Este es el jefe de los
cristianos, el que prohibe adorar a nuestros dioses. Que lo quemen! Y
también los judíos pedían que lo quemaran vivo. El gobernador les hizo
caso y decretó su pena de muerte, y todos aquellos enemigos de nuestra
santa religión se fueron a traer leña de los hornos y talleres para
encender una hoguera y quemarlo.

Hicieron un gran montón de leña y colocaron sobre él a Policarpo. Los
verdugos querían amarrarlo a un palo con cadenas pero él les dijo:
“Por favor: déjenme así, que el Señor me concederá valora para
soportar este tormento sin tratar de alejarme de él”. Entonces lo
único que hicieron fue atarle las manos por detrás.

Policarpo, elevando los ojos hacia el cielo, oró así en alta voz:
“Señor Dios, Todopoderoso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo: yo te
bendigo porque me has permitido llegar a esta situación y me concedes
la gracia de formar parte del grupo de tus mártires, y me das el gran
honor de poder participar del cáliz de amargura que tu propio Hijo
Jesús tuvo que tomar antes de llegar a su resurrección gloriosa.
Concédeme la gracia de ser admitido entre el grupo de los que
sacrifican su vida por Ti y haz que este sacrificio te sea totalmente
agradable. Yo te alabo y te bendigo Padre Cestial por tu santísimo
Hijo Jesucristo a quien sea dada la gloria junto al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos”.

“Tan pronto terminó Policarpo de rezar su oración, prendieron fuego a
la leña, y entonces sucedió un milagro ante nuestros ojos y a la vista
de todos los que estábamos allí presentes (sigue diciendo la carta
escrita por los testigos que presenciaron su martirio): las llamas,
haciendo una gran circunferencia, rodearon al cuerpo del mártir, y el
cuerpo de Policarpo ya no parecía un cuerpo humano quemado sino un
hermoso pan tostado, o un pedazo de oro sacado de un horno ardiente. Y
todos los alrededores se llenaron de un agradabilísimo olor como de un
fino incienso. Los verdugos recibieron la orden de atravesar el
corazón del mártir con un lanzazo, y en ese momento vimos salir
volando desde allí hacia lo alto una blanquísima paloma, y al brotar
la sangre del corazón del santo, en seguida la hoguera se apagó”.

“Los judíos y paganos le pidieron al jefe de la guardia que
destruyeran e hicieran desaparecer el cuerpo del mártir, y el militar
lo mandó quemar, pero nosotros alcanzamos a recoger algunos de sus
huesos y los veneramos como un tesoro más valioso que las más ricas
joyas, y los llevamos al sitio donde nos reunimos para orar”.

El día de su martirio fue el 23 de febrero del año 155.

Esta carta, escrita en el propio tiempo en que sucedió el martirio, es
una narración verdaderamente hermosa y provechosa.

Concédanos el Dios Todopoderoso poder también nosotros como San
Policarpo ser fieles a Nuestro Señor Jesucristo hasta el último
momento de nuestra vida.