Santa María Josefa Rosello
Fundadora de las Hermanasde la Misericordia.
Año 1880

Que la Divina Providencia de Dios
envíe a su santa Iglesia muchas “capitanas” que,
como María Josefa Rosello, se dediquen a
llenar el mundo de obras de caridad.

Dijo Jesús: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio”.

Esta activísima mujer tuvo el consuelo de que al morir ya había
fundado 66 conventos de su comunidad. Es la fundadora de las Hermanas
de la Misericordia.
En un retrato que le fue tomado, la santa aparece con un rostro
firmemente perfilado y lleno de energía; sereno, y con la alegría de
quien espera conseguir nuevos triunfos.

María Josefa nació en 1811 en Abisola, Italia, de familia pobre.
Cuando todavía era muy jovencita, su papá la llamaba “la pequeña
capitana”, porque demostraba tener cualidades de líder y ejercía mucha
influencia entre sus compañeras.

Un día todas las personas mayores del pueblo dispusieron irse en
peregrinación a visitar un santuario de la Virgen, en otra población.
Cuando ya los mayores se habían marchado, María Josefa organizó a las
niñas de la población y con ellas se fue cantando y rezando, en
peregrinación al templo del pueblo. Un joven subió a la torre e hizo
repicar las campanas, y así también los menores tuvieron su fiesta
religiosa.

Un par de esposos muy ricos sufrían porque el marido estaba paralizado
y no tenían quien le hiciera de enfermera. Averiguaron qué mujer había
de absoluta confianza y les recomendaron a Josefa. Y ella atendió con
el más esmerado cariño al pobre paralítico durante ocho años. Los
esposos en pago a tantas bondades, dispusieron hacerla heredera de sus
cuantiosos bienes. Pero la joven les dijo que solamente había hecho
esto por amor a Dios, y no les recibió nada.

Nuestra joven sentía un gran deseo de dedicarse a llevar una vida de
soledad y oración, pero su confesor le dijo que eso no era lo mejor
para su temperamento emprendedor. Entonces al saber que el señor
obispo de Savona estaba aterrado al ver que había tantas niñas
abandonadas por las calles, sin quién las educara, se le presentó para
ofrecerle sus servicios. Al prelado le pareció muy buena su oferta y
la encargó de conseguir otras jovenes que quisieran dedicarse a la
educación de niñas abandonadas. Y así en 1837 con ella y varias de sus
amigas quedó fundada la congregación de Nuestra Señora de la Merced o
de las Misericordias, con el fin de atender a las jóvenes más pobres.

Con unos muebles viejos, una casona casi en ruinas, cuatro colchones
de paja extendidos en el suelo, unos kilos de papas, un crucifijo y un
cuadro de la Santísima Virgen, empezaron su nueva comunidad. Y Dios la
bendijo tanto, que ya en vida de la fundadora se fundaron 66 casas de
la comunidad. Sus biógrafos dicen que María Josefa no hizo milagros de
curaciones, pero que obtuvo de Dios el milagro de que su congregación
se multiplicara de manera admirable. Cada vez que tenía unos centavos
sobrantes en una casa, ya pensaba en fundar otra para las gentes más
pobres.

La esposa del paralítico al cual ella había atendido con tanta caridad
cuando era joven, le dejó al morir toda su grande herencia y con eso
pudo pagar terribles deudas que tenía y fundar nuevas casas.

La Madre Josefa tenía una confianza total en la Divina Providencia, o
sea en el gran amor generoso con que Dios cuida de nosotros. Y aún en
las circunstancias más difíciles no dudaba de que Dios iba a
intervenir a ayudarla, y así sucedía.

En su escritorio tenía una calavera para recordar continuamente en que
terminan las bellezas y vanidades del mundo.

Durante 40 años fue superiora general, pero aún teniendo tan alto
cargo, en cada casa donde llegaba, se dedicaba a ayudar en los oficios
más humildes: lavar, barrer, cocinar, atender a los enfermos más
repugnantes, etc.

Ante tantos trabajos y afanes se enfermó gravemente. El obispo se dio
cuenta de que se trataba de cansancio y exceso de trabajo. La envió a
descansar varias semanas, y volvió llena de salud y de energías para
seguir trabajando, por el Reino de Dios.

Los misioneros encontraban muchas niñas abandonadas y en graves
peligros y las llevaban a la Madre Josefa. Y ella, aun con grandes
sacrificios y endeudándose hasta el extremo, las recibía gratuitamente
para educarlas.

Su gran deseo era el poder enviar misioneras a lejanas tierras. Y la
ocasión se presentó en 1875 cuando desde Buenos Aires, Argentina, le
rogaron que enviara a sus religiosas a atender a las niñas
abandonadas. Y coincidió el envío de sus primeras misioneras con el
primer grupo de misioneros salesianos que enviaba San Juan Bosco. Así
que ellas en el barco recibieron la bendición y los consejos de este
gran santo que estaba ese día despidiendo a sus primeros misioneros
salesianos.

También en América sus religiosas fueron fundando hospitales, casas de
refugio y obras de beneficiencia.

Sus últimos años padeció muy dolorosas enfermedades que la redujeron
casi a total quietud. Y llegaron escrúpulos o falsos temores de que se
iba a condenar. Era una pena más que le permitía Dios para que se
santificara más y más. Pero venció esas tentaciones con gran confianza
en Dios y murió diciendo: “Amemos a Jesús. Lo más importante es amar a
Dios y salvar el alma”. El 7 de diciembre de 1880 pasó a la eternidad.
En 1949 fue declarada santa.