“Aquí rezo, con dolor en el corazón, para que nunca más haya tragedias como ésta, para que la humanidad no olvide y sepa vencer con bien el mal; Dios conceda al amado pueblo armenio y al mundo entero paz y consuelo. Que Dios custodie la memoria del pueblo armenio. La memoria no debe ser diluida ni olvidada; la memoria es fuente de paz y de futuro”. Es la dedicatoria del Papa en el libro de honor del ‘Metz Yeghern’ (el ‘Gran Mal’).Con su letra menuda y su semblante al borde de las lágrimas, Francisco quiso homenajear en el Memorial sagrado de los armenios a las víctimas del genocidio. Al millón y medio de personas asesinadas por el gobierno de los ‘Jóvenes Turcos’ del imperio otomano entre 1915 y 1923. Francisco se recogió ante la llama eterna, signo de duelo, en una oración ecuménica compartida con el Patriarca Karekin, tras depositar una rosa blanca en el suelo del círculo formado por las doce grandes losas de basalto gris. Una oración sólo interrumpida por bellos y tristes (¡tan tristes!) cantos armenios de un coro de voces mixto y de un conjunto de flautas típicas del país. Tras la oración, la dedicatoria. En la enorme explanada, en la que están grabados los nombres de las ciudades y aldeas en las que se perpetraron las matanzas. Ante la estela de basalto de 44 metros, que apunta al cielo y simboliza el renacer de los armenios. Y al fondo, el monte Ararat. Aquel en el que, según la Biblia, atracó la barca de Noé tras el diluvio. Hasta sus faldas, dominadas por Turquía, llegaban los lamentos de las flautas armenias y la mirada del Papa, que examinaba la montaña con interés, antes de escribir su dedicatoria. Dos párrafos, en los que Francisco resume sus sentimientos más profundos, tras rezar en uno de los lugares más tristes y dramáticos de la historia de la Humanidad. Y desnuda su alma.Por eso, el Papa dice “rezar con dolor en el corazón”. Y, desde ese dolor, lanza su grito de “nunca más”. Que nunca más haya una tragedia como ésta, a la que ayer mismo volvió a llamar “genocidio”, con todas las letras. El primero “de la triste lista de las peores catástrofes del siglo pasado”. Los otros dos, según el Papa y sin nombrarlos explícitamente, son el Holocausto judío y el exterminio estalinista.Se especulaba con que el Papa no volvería a pronunciar la palabra “genocidio”, para referirse a la matanza armenia a manos de los turcos. Una palabra tabú. Para no herir la sensibilidad turca, que no reconoce el genocidio. Eso haría cualquier político. Pero los Papas son líderes religiosos, hechos de otra madera.El primero en pronunciar la palabra genocidio, referida al armenio, fue Juan Pablo II en 2001. Y, entonces, Turquía retiró a su embajador ante la Santa Sede. La volvió a citar por vez primera Francisco, en el mes de abril de 2015, con motivo de la celebración en San Pedro de la memoria de las víctimas del ‘Gran Mal’. Algunos medios aseguraban que no volvería a salir de sus labios. Muchos creen que el Papa es un político al uso, que modula sus palabras y sus expresiones en función de sus intereses. Pero Francisco no es un político (aunque sea Jefe de Estado del Vaticano). Es una autoridad moral y de esa moralnace su credibilidad global como uno de los pocos guías y faros del mundo. Su programa es el Evangelio de Jesús, aquel que pasó por el mundo denunciando las injusticias y anunciando el Reino. Y por eso lo mataron. Fiel a su maestro, Francisco coloca la matanza armenia entre los tres genocidios del siglo XX, ante los que “las grandes potencias miraban para otro lado”. De ahí que el Papa insista, una y otra vez, en que “la humanidad no olvide”. En el papel sanador de la memoria. Francisco no hurga en la herida, para meter los dedos en los ojos a la vecina Turquía, sino para sanar el pasado e invitar a la reconciliación. Porque “le memoria es fuente de paz y de futuro”. Sólo así, la Humanidad podrá vencer “al mal con el bien”.