Nov 6

Listos para morir ?

4

1592 Estamos listos para morir?
Estamos listos para morir?

San Pablo nos dice en la primera lectura de hoy que mientras estamos vivos en la tierra, debemos de vivir para el Señor, y cuando muramos, debemos morir sirviéndolo también, aún en nuestros últimos suspiros.
Cómo cristianos que verdaderamente queremos vivir una vida santa, ponemos gran énfasis en vivir para el Señor, ¿pero estamos listos para morir por el Señor? ¿En servicio a los demás?
Morir por Jesús no siempre significa el martirio. Podríamos marchitarnos lentamente en un hogar de ancianos teniendo demencia que nos quite la habilidad de pensar y sin embargo morir una muerte santa. Morir como un sirviente de Dios significa que nuestra alma hace buen uso del proceso agonizante. Cada momento de nuestras vidas, incluyendo el último, debe vivirse para la gloria de Dios y los propósitos de su reino. Todo lo demás es una pérdida de oportunidades importantes.
Debemos estar contentos de que vamos a Casa con el Señor. La muerte es nuestra puerta de la tierra al cielo (que incluye el purgatorio, el purgar de lo que queda en nosotros después de la muerte que no puede entrar en el reino de Dios). Pero nuestras muertes pueden significar mucho más.
Quiero que cada momento de mi vida sea vivido para Dios, en Dios, y por medio de Dios. Quiero que cada día haga una diferencia en su reino. Y quiero que mi muerte no sea la excepción, así que yo lo he puesto a cargo de cómo, cuando y donde suceda. Yo pido que si llego a estar demente y ya no entiendo de mis alrededores, aún entonces mi alma permanezca consciente de Dios y yo pueda utilizar ese tiempo para orar por los demás.
Si sufrimos al morir, nosotros podemos pedir que nuestro sufrimiento sea unido con la Pasión de Cristo por los que necesitan todavía su redención. Por lo menos, nosotros podemos pedir que nuestra muerte sea tan pacífica, por mucho que nuestra salud llegue a empeorar, que evangelice a los que nos ven.
¿Qué tal las personas que no tienen esta actitud? En la lectura del Evangelio de hoy, Jesús habla acerca del pastor que busca una oveja perdida hasta que es encontrada. Una oveja perdida es cualquiera que pertenece a Jesús pero que no lo sigue con el resto de la multitud, o que se ha escapado, engatusada por los caminos del mundo. Por si conoces a alguien así, recuerda la promesa de esta escritura. Reza por esa persona así: “Señor Jesús, no permitas que – (el nombre) – muera hasta que él/ella esté listo para ser encontrado por TI”. ¡Esta oración siempre es contestada!
Jesús se MANTENDRA buscando y llamando a esa persona. El no se dará por vencido. Porque tus oraciones están unidas a las oraciones de Jesús mismo, el Padre Dios, no permitirá que la muerte llegue antes de que Jesús tenga a esa persona fuera de peligro y en sus brazos. Quizás suceda al momento de su muerte, o quizás más pronto, pero SI sucederá.
Yo he presenciado esto en alguien cuya mente estaba perdida a la enfermedad de Alzheimer. Aún en la niebla cerebral de esta enfermedad, él se abrió al amor de Dios durante las últimas dos semanas de su vida. ¡Dios es impresionante! ¡El siempre cumple sus promesas!

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Nov 4

Inolvidable

2

1584  Papa Juan Pablo II

Orar hasta obtener paz. Bendito sea Juan Pablo II.

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Nov 2

Visiones de Santa Catalina de Siena

4

El 1 de noviembre festejamos la fiesta de Todos los Santos, en unión con aquellos que ya tienen la Gracia de haber alcanzado la promesa del Reino. Y con la perfección con que se disponen las fiestas de la Iglesia, celebramos el 2 de noviembre la fiesta de los Fieles Difuntos, de modo particular por aquellas almas que aún se encuentran purgando y purificando sus almas en espera de alcanzar la gloria del Reino de Dios. En ambas fiestas nos configuramos a la Comunión de los Santos, ese triangulo que constituye la iglesia en la unión de las almas que ya están en el cielo, de las almas purgantes, y de aquellos que aun peregrinamos aquí en la tierra.

Santa Catalina de Siena tuvo visiones del Cielo, Infierno y Purgatorio. En las palabras de esta alma elevada a los altares, podemos comprender no sólo la extraordinaria experiencia de quien se acerca a la Esencia de Dios, sino también de la visión de las penas del infierno. Por supuesto, Dios consuela a Catalina con la esperanza de quienes están en el purgatorio, aunque sea una espera en el dolor y el sufrimiento.

Una vez más, pedimos a nuestros lectores orar por las almas de sus familiares y amigos difuntos, y en particular pedir la celebración de Misas por ellos. Es el mejor regalo que les podemos hacer, porque ello acorta y suaviza sus penas y los acerca al Reino de Dios.

Finalmente, en esta fiesta Dios concede la entrada al Cielo a una cantidad elevada de almas, por lo que la oración adquiere un valor especial.

Oremos por las almas de nuestros familiares difuntos en estos dos especiales días, días de gozo y celebración en la Unidad.

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Nov 1

Todos los santos y santas del cielo

1

1 de noviembre

TODOS LOS SANTOS*
Solemnidad
— Personas que se santificaron a través de una vida corriente.
— Todos hemos sido llamados a la santidad.
— La caridad, distintivo de los que han alcanzado la bienaventuranza.
I. Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar este día de fiesta en honor de todos los santos: de esta solemnidad se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios1.
La fiesta de hoy recuerda y propone a la meditación común algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana señalaba el Papa Juan Pablo II-. En el centro de la Liturgia están sobre todo los grandes temas de la Comunión de los Santos, del destino universal de la salvación, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, de la relación existente entre salvación y sufrimiento y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús. Pero la clave de la fiesta que hoy celebramos “es la alegría, como hemos rezado en la antífona de entrada: Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos; y se trata de una alegría genuina, límpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces…”2. Esta gran familia es la de los santos: los del Cielo y los de la tierra.
La Iglesia, nuestra Madre, nos invita hoy a pensar en aquellos que, como nosotros, pasaron por este mundo con dificultades y tentaciones parecidas a las nuestras, y vencieron. Es esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, según nos recuerda la Primera lectura de la Misa3. Todos están marcados en la frente y vestidos con vestiduras blancas, lavadas en la sangre del Cordero4. La marca y los vestidos son símbolos del Bautismo, que imprime en el hombre, para siempre, el carácter de la pertenencia a Cristo, y la gracia renovada y acrecentada por los sacramentos y las buenas obras.
Muchos Santos de toda edad y condición- han sido reconocidos como tales por la Iglesia, y cada año los recordamos en algún día preciso y los tomamos como intercesores para tantas ayudas como necesitamos. Pero hoy festejamos, y pedimos su ayuda, a esa multitud incontable que alcanzó el Cielo después de pasar por este mundo sembrando amor y alegría, sin apenas darse cuenta de ello; recordamos a aquellos que, mientras estuvieron entre nosotros, hicieron, quizá, un trabajo similar al nuestro: oficinistas, labriegos, catedráticos, comerciantes, secretarias…; también tuvieron dificultades parecidas a las nuestras y debieron recomenzar muchas veces, como nosotros procuramos hacer; y la Iglesia no hace una mención nominal de ellos en el Santoral. A la luz de la fe, forman “un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividad de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices por la potencia de la gracia, ciertamente del crecimiento del Reino de Dios en la historia”5. Son, en definitiva, aquellos que supieron “con la ayuda de Dios conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron”6 en el Bautismo.
Todos hemos sido llamados a la plenitud del Amor, a luchar contra las propias pasiones y tendencias desordenadas, a recomenzar siempre que sea preciso, porque “la santidad no depende del estado soltero, casado, viudo, sacerdote, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede”7. La Iglesia nos recuerda que el trabajador que toma cada mañana su herramienta o su pluma, o la madre de familia dedicada a los quehaceres del hogar, en el sitio que Dios les ha designado, deben santificarse cumpliendo fielmente sus deberes8.
Es consolador pensar que en el Cielo, contemplando el rostro de Dios, hay personas con las que tratamos hace algún tiempo aquí abajo, y con las que seguimos unidas por una profunda amistad y cariño. Muchas ayudas nos prestan desde el Cielo, y nos acordamos de ellas con alegría y acudimos a su intercesión.
Hacemos hoy nuestra aquella petición de Santa Teresa, que también ella misma escuchará, en esta Solemnidad: “¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa…! Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua para los que acá perecemos de sed”9.
II. En la Solemnidad de hoy, el Señor nos concede la alegría de celebrar la gloria de la Jerusalén celestial, nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros le alaban eternamente. Hacia ella, como peregrinos, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los Santos; en ellos, miembros gloriosos de su Iglesia, encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad10.
Nosotros somos todavía la Iglesia peregrina que se dirige al Cielo; y, mientras caminamos, hemos de reunir ese tesoro de buenas obras con el que un día nos presentaremos ante nuestro Dios. Hemos oído la invitación del Señor: Si alguno quiere venir en pos de Mí… Todos hemos sido llamados a la plenitud de la vida en Cristo. Nos llama el Señor en una ocupación profesional, para que allí le encontremos, realizando aquella tarea con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, ejercitando la caridad con las personas que tratamos, viviendo la mortificación en su realización, buscando ya aquí en la tierra el rostro de Dios, que un día veremos cara a cara. Esta contemplación trato de amistad con nuestro Padre Dios podemos y debemos adquirirla a través de las cosas de todos los días, que se repiten muchas veces, con aparente monotonía, pues “para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas”11.
¿Qué otra cosa hicieron esas madres de familia, esos intelectuales o aquellos obreros…, para estar en el Cielo? Porque a él queremos ir nosotros; es lo único que, de modo absoluto, nos importa. Esta santa decisión tiene mucha importancia para los demás. Si, con la gracia de Dios y la ayuda de tantos, alcanzamos el Cielo, no iremos solos: arrastraremos a muchos con nosotros.
Quienes han llegado ya, procuraron santificar las realidades pequeñas de todos los días; y si alguna vez no fueron fieles, se arrepintieron y recomenzaron el camino de nuevo. Eso hemos de hacer nosotros: ganarnos el Cielo cada día con lo que tenemos entre manos, entre las personas que Dios ha querido poner a nuestro lado.
III. Muchos de los que ahora contemplan la faz de Dios quizá no tuvieron ocasión, a su paso por la tierra, de realizar grandes hazañas, pero cumplieron lo mejor posible sus deberes diarios, sus pequeños deberes diarios. Tuvieron errores y faltas de paciencia, de pereza, de soberbia, tal vez pecados graves. Pero amaron la Confesión, y se arrepintieron, y recomenzaron. Amaron mucho y tuvieron una vida con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo. Nunca se creyeron santos; todo lo contrario: siempre pensaron que iban a necesitar en gran medida de la misericordia divina. Todos conocieron, en mayor o menor grado, la enfermedad, la tribulación, las horas bajas en las que todo les costaba; sufrieron fracasos y tuvieron éxitos. Quizá lloraron, pero conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor, que hoy también nos trae la Liturgia de la Misa: Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os aliviaré12. Se apoyaron en el Señor, fueron muchas veces a verle y a estar con Él junto al Sagrario; no dejaron de tener cada día un encuentro con Él.
Los bienaventurados que alcanzaron ya el Cielo son muy diferentes entre sí, pero tuvieron en esta vida terrena un común distintivo: vivieron la caridad con quienes les rodeaban. El Señor dejó dicho: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros13. Esta es la característica de los Santos, de aquellos que están ya en la presencia de Dios.
Nosotros nos encontramos caminando hacia el Cielo y muy necesitados de la misericordia del Señor que es grande y nos mantiene día a día. Hemos de pensar muchas veces en él y en las gracias que tenemos, especialmente en los momentos de tentación o de desánimo.
Allí nos espera una multitud incontable de amigos. Ellos “pueden prestarnos ayuda, no solo porque la luz del ejemplo brilla sobre nosotros y hace más fácil a veces que veamos lo que tenemos que hacer, sino también porque nos socorren con sus oraciones, que son fuertes y sabias, mientras las nuestras son tan débiles y ciegas. Cuando os asoméis en una noche de noviembre y veáis el firmamento constelado de estrellas, pensad en los innumerables santos del Cielo, que están dispuestos a ayudarnos…”14. Nos llenará de esperanza en los momentos difíciles. En el Cielo nos espera la Virgen para darnos la mano y llevarnos a la presencia de su Hijo, y de tantos seres queridos como allí nos aguardan.
1 Antífona de entrada. — 2 Juan Pablo II, Homilía 1-XI-1980. — 3 Apoc 7, 9. — 4 Cfr. Apoc 7, 3-9. — 5 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, 17. — 6 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 40. — 7 San Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, p. 67. — 8 Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, cit. — 9 Santa Teresa, Exclamaciones, 13, 4. — 10 Cfr. Misal Romano, Prefacio de la Misa. — 11 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 55. — 12 Aleluya. Mt 11, 28. — 13 Jn 13, 34-35. — 14 R. A. Knox, Sermón a los colegiales de Alli Hallws, 1-XI-1950.
* La Iglesia nos invita a levantar el pensamiento y a dirigir la oración a esa inmensa multitud de hombres y mujeres que siguieron a Cristo aquí en la tierra y se encuentran ya con Él en el Cielo. La fiesta se celebra en toda la Iglesia desde el siglo viii. En ella se nos recuerda que la santidad es asequible a todos, en las diversas profesiones y estados, y que para ayudarnos a alcanzar esa meta debemos vivir el dogma de la Comunión de los Santos.
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Oct 31

No halloween

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“No te lamentes por el Haloween, ¡organiza Holyween!”

Una iniciativa que nace en Italia para conocer e imitar a los santos en su día

ROMA, jueves 29 de octubre de 2009 (ZENIT.org) En lugar de lamentarse por los monstruos, las calaveras o las máscaras irreverentes propias de las fiestas de Halloween, en varias parroquias y diócesis de Italia se está difundiendo la idea de descubrir y contar historias y virtudes de los santos de preferencia de cada quien festejando Holyween.

Se trata de una la propuesta que realiza el proyecto “Centinelas de la mañana” el cual se está difundiendo en diferentes diócesis de todo el país.

En el afiche promocional, elaborado por jóvenes presentes en otras 35 diócesis, está la calabaza y el rostro de Santa Teresita con la frase “Holyween, un santo en cada iglesia”.

Una noche llena de luz

“Pon el rostro de un santo en una iglesia y en tu balcón en las vísperas del día de todos los santos”, piden los centinelas.

“En una noche donde los jóvenes aman vestirse horriblemente, Holyween quisiera mostrar el encanto y la actualidad de los santos, inmortalizados en una foto o en el arte”.

“Nos hace bien recordar sus rostros que nos dicen cómo hoy la santidad es posible, en personas concretas de carne y hueso”, aseguran los Centinelas de la mañana.

No obstante, el padre Andrea Brugnoli, creador de esta fiesta precisa: “No queremos ir en contra de nadie. Simplemente queremos llenar la ciudad no de monstruos sino de rostros bellos: los de los santos”.

Se espera que centenares de jóvenes bajen por las calles y entren a los bares para anunciar la llegada de la fiesta de Todos los Santos. Para ellos “Halloween” se ha transformado en “Holyween”, que llega este año a su tercera edición.

El slogan habla claro: los santos se toman de nuevo su fiesta y para hacer ahora más evidente la antigua tradición. No tienen nada que temer de las modas del momento, rostros de santos aparecerán en los balcones y en las ventanas de su ciudad.

“Si ves un esplendor en la ventana, pon tu nariz hacia arriba y verás el rostro sonriente de un santo italiano, preferiblemente joven”, recomiendan los Centinelas de la mañana.

En las ciudades donde se festeja el Holyween los jóvenes vinculados a este proyecto vivirán una velada llamada “Una luz en la noche”.

Las iglesias permanecerán abiertas desde las 10 de la noche hasta las 2 de la mañana. El encuentro se ha hecho ya 350 veces en 50 ciudades italianas.

Hasta ahora centenares de miles de jóvenes han participado en las ediciones pasadas. La prensa y a la televisión han estado presentes para registrar el acontecimiento, atraídos por este fenómeno han registrado el flujo continuo de personas.

En un país como Italia, en el cual el 35 % de los católicos va a misa cada semana (según datos suministrados por Doxa en octubre de 2009) Holyween representa un reto particular.

La celebración incluye el concurso de los santos más destacados. El año pasado ganó la Madre Teresa de Calcuta y el Padre Pío ocupó el segundo lugar. Este año, según los organizadores ganará Juan Pablo II “no es santo pero para los centinelas es su campeón”, dicen.

“Los centinelas de la mañana” es un proyecto que busca que los jóvenes sean responsables en primera persona de la pastoral juvenil de cada diócesis. Pertenecen a diferentes diócesis y realidades sociales y eclesiales dentro de Italia.

En la localidad de Desenzano hay un centro que suministra material, ideas y propuestas formativas para ayudar a las diferentes diócesis en la tarea evangelizadora de los jóvenes.

[Por Antonio Gaspari, traducción del italiano de Carmen Elena Villa]

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