La tradición – que comenzó con Benedicto XVI – de celebrar las Primeras Vísperas del Primer Domingo de Adviento en la Basílica de San Pedro, se propone subrayar el comienzo de un nuevo Año Litúrgico para la vida de la Iglesia. Con el tiempo de Adviento, en efecto, comienza un nuevo ciclo anual, en el cual la Iglesia celebra todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación a Pentecostés y a la espera de la venida definitiva del Señor.

Asimismo, el tiempo de Adviento es un tiempo mariano: la espera del Señor que viene está acompañada de María, cuya espera del Señor es ejemplar para todos: «La Estrella de la nueva evangelización», escribe el Papa Bergoglio en la Evangelii Gaudium. Y añade: «A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial». En el broche de oro de su primera Exhortación Apostólica, el Santo Padre escribe también: (N. 286) «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza.

Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica».

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