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Mar 16

La Trasfiguración

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Texto del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

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Feb 24

La Transfiguración

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Marcos 9,2-10:

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
—Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.
Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
—Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
—No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

Marcos nos relata la transfiguración de Jesús con muchos detalles simbólicos que cualquier judío de la época conocía. La montaña alta era el lugar del encuentro entre Dios y los seres humanos; hay algunos personajes emblemáticos en el Antiguo Testamento que se encuentran con Dios en la cima de montañas, dos ejemplos claros son Moisés y Elías, los dos grandes representantes de Dios ante su pueblo. Moisés porque recibió la Ley en el monte Sinaí y la transmitió a Israel; Elías como profeta por excelencia, que lleva la Palabra de Dios. Precisamente, estos dos personajes serán los que hablarán con Jesús, el nuevo portador de la Ley definitiva del amor y de la Palabra última de Dios.
Los vestidos blancos y luminosos son expresión de la divinidad, que está oculta en Jesús, y que normalmente no aparece a la vista, pero que unos pocos discípulos tienen el privilegio de contemplar.
Pocos versículos antes, Jesús ha comenzado a anunciar a los discípulos su pasión, muerte y resurrección, y la respuesta de Pedro ha sido muy clara: Eso no es posible, eso no puede pasar. Pedro, igual que los otros discípulos, igual que nosotros, no puede aceptar que el amor total de Dios se manifieste dando la vida hasta la muerte. Es más fácil pensar que Dios viene a castigar a los malvados y premiar a los buenos, pensar que Dios mira con buenos ojos a los que le hacen caso y se enfada con los que le desobedecen. Es decir, es más fácil pensar que Dios es como nosotros, reacciona como nosotros, razona como nosotros. Pero Dios está muy por encima de nuestras ideas y sentimientos. O, mejor dicho, Dios está mucho más «dentro».
Así, después del momento de choque que supuso para los seguidores que Jesús anuncie la cruz, ahora se manifiesta con la fuerza de su divinidad ante algunos de ellos. De esta manera muestra que su pasión y muerte no será fruto del fracaso, sino de una auténtica entrega voluntaria motivada por el amor.
El reto que esta lectura nos presenta a nosotros es parecido a de los discípulos de aquel tiempo que a penas entendían nada. Sabemos que Jesús muere en la cruz porque se ha entregado por nosotros; lo sabemos porque nos lo han dicho desde pequeños. Pero asumir que este sea el camino de la vida, de la auténtica felicidad que Jesús nos propone, es un verdadero desafío.
Pidámosle al Señor que nos abra el corazón para que seamos capaces de escuchar a su Hijo y seguir sus huellas.

(Domingo 2.º Cuaresma – Ciclo B)

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