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Ago 12

Mística, filósofa y abadesa: Santa Hildegarda de Bingen ya tiene película

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MADRID- El 27 de agosto se estrena en las pantallas españolas la película alemana «Visión», sobre la santa abadesa medieval Hildegarda de Bingen, una figura que ha interesado a los historiadores, musicólogos y teólogos por igual, y también a feministas y gentes con intereses espirituales «alternativos».
Santa Hildegarda es presentada a menudo como una mujer líder en una época en que las mujeres veían muy reducido su campo de acción. Además, la santa, que escribe a menudo sobre sus experiencias místicas, tiene también un discurso científico y filosófico respecto a muchos aspectos del saber de su época, combinando fe y razón. Benedicto XVI ha comparado en ocasiones a esta poetisa, política y compositora musical con otras grandes figuras femeninas medievales, como Santa Catalina de Siena. La película, que se estrena en nuestro país el 27 de agosto y ha sido dirigida por la cineasta alemana Margarethe Von Trotta, dura casi dos horas y recoge las visiones místicas de la santa abadesa, su choque con las autoridades de su época y la confianza que gozó por parte del Papa, que desde un principio la creyó y le permitió publicar sus visiones. La película está protagonizada por Barbara Sukowa y Heino Ferch.

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Jul 8

San Juan de la Cruz

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S. JUAN DE LA CRUZ, UNA MÍSTICA PARA APRENDER A VIVIR

El acceso a Dios sólo se da a través de la mediación de la experiencia. En la experiencia comienza y termina todo verdadero conocimiento de Dios. Y la experiencia remite a lo profundo de la vida., a lo mejor que tenemos como seres humanos. Ahora bien, en nuestra sociedad escasean las vivencias profundas y verdaderas de cualquier realidad, no sólo de Dios. Nos movemos a nivel epidérmico.
Pues bien, no tendremos futuro ni como individuos ni como Iglesia si no hay cultivo de la experiencia de Dios, del Misterio. Es decir, las preguntas que nos hacen y hemos de hacernos son: ¿Qué vive Vd.? ¿Qué ha experimentado? ¿Cómo siente que Dios pasa por su vida? Necesitamos gente con experiencia interna de Dios, hombres y mujeres no del rito, sino del espíritu.
JUAN DE LA CRUZ (JdC). Para él, la experiencia mística es algo que se aprende haciendo, viviendo, sintiendo; y no meramente leyendo o pensando. Él habla del “saber por experiencia”, “saber por amor”. Es un saber no sabiendo, “toda ciencia trascendiendo”. Para JdC lo primero necesario para “aprender a vivir” es encontrar una emoción irresistible (como experiencia nutricia) y activar cierto contento interior (como experiencia festiva). Para “aprender a convivir” remite a la tolerancia a la frustración, a “poner amor donde no lo hay” y “dar contento a quien no lo tiene” (como experiencia de alteridad).

1 -Experiencia festiva: el contento interior

• Dios se comunica en el gozo de la vida, en la alegría y el disfrute de vivir, en todo lo que de manera espontánea evoca el mejor vino que los humanos podemos beber en este mundo. Jesús suprimió el agua de la religión y la convirtió en vino de fiesta. A la luz de Jesús, Dios es solo comprensible como positividad pura.

• Según JdC, si Dios es pura positividad, cualquier experiencia de Dios ha de hacerse en clave de positividad. Las experiencias de fiesta, de gozo y contento interior son experiencias fundantes, y además han de funcionar como filtro depurador de toda experiencia auténtica de Dios, que, a su vez, ha de incluir también formas de resistir la angustia y los miedos. Así como la conciencia y la memoria pueden originar el drama humano, también pueden ser causa de alegría ilimitada (esa que nadie podrá quitarnos (Jn 16,22). Todo depende de nosotros. Lo mismo que nos puede dañar nos puede sanar. Activar el gozo y la alegría de vivir está en la base de la experiencia de Dios que hizo JdC. Por eso, en medio de las noches de la vida, también hay que buscar, casi como imperativo divino, la alegría. A Dios le agrada que sus hijos seamos felices. Ser feliz y dar felicidad a los demás es más relevante que las purificaciones sin fin.

• La “OSCURIDAD” de la que habla JdC no viene de Dios, ni la “humillación” ni el vacío. Un Dios que sólo sabe amar es incapaz de producir cualquier tipo de negatividad. Lo que ocurre es que cuando nos sentimos envueltos por la luz de Dios se iluminan nuestras propias zonas oscuras. Cuando experimentamos la verdadera libertad, la que viene de Dios, descubrimos nuestras esclavitudes. La experiencia de la noche nos hace transparentes a nosotros mismos, desenmascara la negatividad que hay en nuestras vidas. Esto provoca reajustes, nos obliga a sanear recuerdos, educar pensamientos, modelar afectos. La noche es proceso de liberación y sanación.

• EL CONTENTO INTERNO. La alegría y sus variantes son preferibles a la pena y los efectos asociados. Hemos de buscar la alegría por mandato razonado. Para JdC hay un gozo y contento previos, gratuitos, que nos vienen como caídos del cielo. El sabernos mirados por un Dios que nos inunda de alegría es fundamental. Activar este gozo en nosotros puede convertirse en una poderosa emoción que educa pensamientos y modula afectos. De dicha experiencia de maduración surgen nuevas experiencias de gozo y de paz, de dicha y de alegría.
“La gran suerte de estar vivos, sin más” es la experiencia fundamental del hombre. “Un hombre que no se goza por la existencia que se le ha concedido graciosamente no es por definición un cristiano” (E. Jüngel). Dicho gozo y alegría remiten siempre, para el que cree, a una Presencia y a una Relación. “Es cosa de gran contentamiento para ti ver y sentir que vivimos habitados por Dios, por un amor más grande que nuestro corazón. Todo lo que necesitamos para vivir en clave de alegría lo tenemos en nosotros mismos”.

2 -Experiencia nutricia: la emoción irresistible

• DIOS “madre nutricia” en JdC. La mística de JdC es una mística de las “necesidades” personales, las afectivas, en primer lugar (“otro amor mejor”) y las “necesidades” de los demás (“poner amor y dar contento”). La clave de todo está en la donación, antes que en la ascesis. No es el ser lavado lo que purifica sino el lavar los pies a los demás. Quien demuestra su amor queda limpio.

• JdC imagina a Dios como madre nutricia. Dios es como una madre volcada en su bebé, empeñada en llevar en brazos a su hijo. El bebé no tiene “deberes”, sólo “necesidades”.
“Comunícase Dios al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de “madre” que con tanta ternura acaricie a su hijo ni amor de “hermano” ni amistad de “amigo” como la de Dios. Viene, pues, a decir JdC: “Jamás ha existido en la historia de la humanidad ninguna madre que haya acariciado a un hijo suyo como Dios está acariciando a todos y desde siempre”. Ante este Dios y su amor, la única respuesta sana y madura es aprender a dejarse amar, como hizo también Jesús. Jesús simplemente se dejó amar por el Dios eterno, como el hijo que se deja querer por su madre sin necesidad de preocuparse. Este es el Dios del místico.

• El “otro amor mejor”. “La mejor manera de combatir una emoción negativa será con una emoción irresistible y positiva más poderosa” (Ética de Spinoza).

Sobre esto, dice JdC: “Para vencer los apetitos es menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el del Esposo”. Esta es la clave para sanar la vida y madurar en el mundo de los deseos, una ley psicológica profunda: un afecto sólo se vence con otro afecto positivo mayor, que es el amor de Dios.

3 -Experiencia de alteridad: aprender a convivir / asumir la frustración

• En JdC, al comienzo de toda experiencia de Dios, hay siempre un “éxodo”, una salida, una experiencia de desprendimiento radical y liberación, pero que, ante todo, es experiencia de apertura al otro. Se trata de salir de nuestro pequeño mundo cerrado de apegos y confort en el que nunca hay crecimiento. Para ello es necesario el diálogo con el Otro y con los otros. Sin alteridad no hay crecimiento ni liberación ni verdadera felicidad. Sin apertura al otro no se aprende a vivir.

• Esta alteridad cobra su punto culminante en JdC cuando habla de “poner amor donde no lo hay” y de “dar contento a quien no lo tiene”. Esta es la estación término de toda experiencia mística verdadera. JdC, en su última carta dirigida a una carmelita descalza, le dice: “ame mucho a los que la contradigan y no la aman, porque en eso se engendra amor en el pecho donde no le hay, como hace Dios con nosotros, que nos ama para que le amemos mediante el amor que nos tiene”.
• Cuando alimentamos odios, rencores o violencias, hacemos manifiesto nuestro fracaso como seres humanos y malogramos nuestras vidas. Y el Dios que nos ha creado por amor se siente entonces también fracasado en su obra creadora. Experimenta una frustración análoga a la de un padre o una madre cuando un hijo suyo malogra su vida. Dios no nos condena, nos “condenamos” nosotros malogrando nuestras vidas.

• Educarse en la tolerancia a la frustración. Así pues, tenemos dos claves: 1) Activar cierto “contento interior” y contar con una emoción irresistible. Y dos recetas para convivir: “poner amor donde no lo hay” y “dar contento a quien no lo tiene”. Junto a esto, es fundamental educarse en la tolerancia a la frustración, pues la mejor de las vidas está llena de derrotas y fracasos. Se trata de vivirlo todo en clave positiva. Aunque no puedas gustarlo todo ni saberlo todo ni serlo todo, no pasa nada. Podemos ser felices sin necesidad de ser perfectos.

4-El “mantenimiento” y “autenticación” de la experiencia mística

• La vida humana no es primariamente un problema a resolver, sino un “misterio” a vivir. Para ello es necesario, según JdC, cultivar el detalle, crear hábitos positivos y educar el mundo de nuestros pensamientos. Los efectos positivos de la vida mística sobre nuestra vida cotidiana serán los mejores indicadores de que vamos por el buen camino.
Introducir el gusto por el detalle (ver el árbol más que el bosque). Si el místico halla en todas las cosas “noticias de Dios”, eso significa que su Dios es un Dios, ante todo, presente en la vida cotidiana.

Y junto al cultivo del detalle parece fundamental aprender a cultivar hábitos positivos. Tener una experiencia sana de Dios es llegar a alcanzar “sentimientos sostenidos” de tipo positivo, alimentados siempre de alegría y amor. Buscar algo así como una “felicidad recurrente” (aun cuando sólo sea visible a intermitencias y con una intensidad variable) que ha de tener efectos terapéuticos, favoreciendo todo tipo de hábitos cardiosaludables para el mundo del espíritu. Para ello, JdC nos invita a activar ciertos deseos y aficiones positivas en medio de la vida cotidiana: Ande siempre la persona deseando a Dios y aficionando a Él su corazón”, para así crear cierto sistema inmunológico espiritual. Es decir, ha de convertir en hábitos ciertos actos como son la “emoción irresistible” (un amor más mayor), “vivir con cierto contento interior” y “educarse en la tolerancia a la frustración”.

• EDUCAR PENSAMIENTOS. “Todo hombre puede ser escultor de su propio cerebro” (S. Ramón y Cajal). De ahí la importancia de evitar pensamientos destructivos o negativos y cultivar los positivos.

En carta del 6-VII-1591, escribe JdC a una compañera carmelita descalza: “Estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios, que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios, y adonde no hay amor…” Ese “no piense otra cosa…” es la clave de este breve fragmento, pues nos sitúa en el ámbito terapéutico adecuado, el mundo de nuestros pensamientos. El santo nos está invitando a una ruptura con cualquier pensamiento que pudiera desencadenar emociones negativas (de odio, tristeza, venganza,…) y sustituirlos por pensamientos que desencadenen emociones positivas y nutricias para las personas. Ese “todo lo ordena Dios” es una invitación a vivir en esa clave (la de Dios, la del amor), pensando que de Dios sólo puede venir positividad, sin necesidad de asumir la mentalidad sacralizada del tiempo del santo.
Así pues, cuando todo lo pensamos desde Dios estamos poniendo las bases para construir nuestro particular “sistema inmunológico espiritual”.

• EXPERIENCIA SIGNIFICATIVA. Una experiencia tiene algo que decirnos cuando amplía nuestros horizontes y guarda relación con nuestras experiencias reales. Sin esta conexión con la vida real, la experiencia mística se vuelve irrelevante, ininteligible, vacía de contenido. Una experiencia mística, si no tiene efectos positivos, será una experiencia mística falsa o equivocada. “Porque lo que no engendra humildad y caridad y santa simplicidad y silencio, ¿qué puede ser? Estos efectos positivos se pueden experimentar en las situaciones más adversas de la vida. Poco antes de morir, en 1591, cuando JdC, despojado y olvidado de todos, hace una lectura positiva de su situación y ofrece una lista de los efectos terapéuticos que está dispuesto a sacar de dicha situación, dice: “Puedo, si quiero, mediante el favor divino, gozar de la paz, de la soledad y del fruto deleitable, del olvido de sí y de todas las cosas”.

Nada hay más misterioso que la vida humana. Y nada más urgente ni fascinante que aprender a vivirla. Para ello, JdC nos propone una auténtica receta sapiencial: por una parte, contar con una emoción irresistible (“el otro amor mejor”) y activar cierto contento interior, cierta alegría de vivir (para así “aprender a vivir”); por otra parte, educarse en la tolerancia a la frustración (al fin y al cabo somos seres finitos) y “poner amor donde no lo hay” y “dar contento a quien no lo tiene” (para así “aprender a convivir”).
Tener una experiencia sana de Dios es llegar a alcanzar “sentimientos sostenidos” de tipo positivo, alimentados siempre de alegría y amor. Buscar algo así como “una felicidad recurrente”: “andar interior y exteriormente como de fiesta y traer un júbilo de Dios grande, como un cantar nuevo, siempre nuevo, envuelto en alegría y amor”.

(Resumen del artículo “Juan de la Cruz, una mística para aprender a vivir”, de Juan Antonio Marcos)
Revista “Selecciones de teología, Nº194. Pág. 125ss).

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