Estamos viviendo la mayor apostasía de la fe desde el nacimiento de la Iglesia. Y para mayor vergüenza está ocurriendo en las naciones de la antigua Cristiandad.

Las naciones más poderosas de la tierra llaman mal al bien y bien al mal. Fomentan la matanza de los pequeños inocentes como si fuera una política razonable y sensata. El inmenso poder de la tecnología y la psicología modernas se emplean a todos los niveles para redefinir el significado y el valor de la vida humana. El asesinato institucionalizado es un fenómeno masivo y global. Es el reino del crimen y la mentira.

Lo demoníaco está presente en el mundo. Siempre lo ha estado, pero hoy es más generalizado, más aceptado. Incluso, el humo de Satanás ha penetrado en el templo de Dios gracias a la labor de la quinta columna modernista.

San Pablo, en la epístola a los Efesios, menciona al “Príncipe del imperio del aire, el Espíritu que actúa en los rebeldes” (2,2). Su labor, la labor de este Príncipe, es tentar y pervertir; viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres y la fe. Y desgraciadamente a la vista de tanto abandono de las cosas de Dios, se puede afirmar que su callada pero incansable labor, está teniendo muchos frutos e insospechados alcances.

Por eso, que nadie dude que estamos viviendo los días en los que muchos católicos que de palabra y en apariencia son creyentes, en el fondo casi no se distinguen de los paganos, pues viven como ellos y se han hecho liberales.

Muchos cristianos se han vuelto tan superficiales, mundanos, autocomplacientes y corruptos que hace tiempo que perdieron la inocencia y la luz. Incluso aceptan el aborto, viéndolo como un procedimiento médico necesario, un derecho fundamental, un factor igualador entre los sexos y hasta una mejora de la calidad de vida. No se dan cuenta de que constituye un paralelo exacto de los ritos satánicos en que se sacrificaban niños inocentes sobre el altar del egoísmo y la lujuria.

Han perdido el discernimiento espiritual, y no les queda otra cosa que la apariencia de ser religiosos. Viven como paganos, actúan como paganos, se visten como paganos, se relacionan con otros paganos, asisten a sitios y espectáculos paganos, creen y piensan como paganos y ¡lo peor! se dicen creyentes. Su “credo” particular -resultado de acomodar la fe y la moral a su conveniencia-, en vez de mejorar su vida, justifica el pecado. Esto es peor que ser sólo pagano.

Es tanto el relajamiento de las costumbres y tan generalizada la difusión de las herejías -interna y externamente- que no es difícil suponer que la profecía bíblica de la gran apostasía universal empieza ya a cumplirse.

Es tal el grado de confusión que llegamos a pervertirlo todo:

“La anticoncepción es hacer el amor sin hacer el niño; la fecundación «in vitro» es hacer el niño sin hacer el amor; el aborto es deshacer el niño; y la pornografía es deshacer el amor”, señaló Jerôme Lejeune, premio Nobel de Biología.

Es tan grave el proceso de auto demolición en la Iglesia y de paganización en la sociedad que es imperiosa -más que nunca- la constancia en la oración y la perseverancia y fidelidad en la fe católica en aquellos que no han claudicado. Oremos a Dios para que se revierta todo esto y para que nos preserve de caer en ello. Pidamos el retorno de quienes han claudicado contaminados por el liberalismo reinante, por aquellos que diciéndose “católicos” han terminado por pensar y vivir como paganos.

Empleemos esta oración compuesta por Santa Teresa de Ávila:

“¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad!

Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son (y somos) los verdaderos pecadores.

No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros.

Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra.

Válganos vuestra bondad y misericordia.”

Amén.

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