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Jul 28

San Víctor I, papa

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En Roma, san Víctor I, papa, africano de nacimiento, que fijó para todas las Iglesias la celebración de la fiesta de Pascua en el domingo que sigue inmediatamente a la Pascua judía (c. 200).

Desconocía a este santo..

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Mar 5

Homilía del Papa en la celebración penitencial por 24 horas para el Señor

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El Papa Francisco presidió la celebración penitencial por las 24 horas en el Señor en la Basílica Vaticana, la cual se celebra bajo el lema del Año Jubilar “Misericordiosos como el Padre”.

A continuación la homilia completa:

«Que yo pueda ver» (Mc 10,51). Esta es la petición que hoy queremos dirigir al Señor. Ver de nuevo después de que nuestros pecados nos han hecho perder de vista el bien y alejado de la belleza de nuestra llamada, haciéndonos vagar lejos de la meta.

Este pasaje del Evangelio tiene un gran valor simbólico y existencial, porque cada uno de nosotros se encuentra en la situación de Bartimeo. Su ceguera lo había llevado a la pobreza y a vivir en las afueras de la ciudad, dependiendo en todo de los demás. El pecado también tiene este efecto: nos empobrece y aísla. Es una ceguera del espíritu, que impide ver lo esencial, fijar la mirada en el amor que da la vida; y lleva poco a poco a detenerse en lo superficial, hasta hacernos insensibles ante los demás y ante el bien. Cuántas tentaciones tienen la fuerza de oscurecer la vista del corazón y volverlo miope. Qué fácil y equivocado es creer que la vida depende de lo que se posee, del éxito o la admiración que se recibe; que la economía consiste sólo en el beneficio y el consumo; que los propios deseos individuales deben prevalecer por encima de la responsabilidad social. Mirando sólo a nuestro yo, nos hacemos ciegos, apagados y replegados en nosotros mismos, vacíos de alegría y libertad verdadera.

Pero Jesús pasa; y no pasa de largo: «se detuvo», dice el Evangelio (v. 49). Entonces, un temblor se apodera del corazón, porque se da cuenta de que es mirado por la Luz, de esa luz afable que nos invita a no permanecer encerrados en nuestra oscura ceguera. La presencia cercana de Jesús permite sentir que, lejos de él, nos falta algo importante. Nos hace sentir necesitados de salvación, y esto es el inicio de la curación del corazón. Luego, cuando el deseo de ser curados se hace audaz, lleva a la oración, a gritar ayuda con fuerza e insistencia, como hace Bartimeo: «Hijo de David, ten compasión de mí» (v. 47).

Desafortunadamente, como aquellos «muchos» del Evangelio, siempre hay alguien que no quiere detenerse, que no quiere ser molestado por el que grita su propio dolor, prefiriendo hacer callar y regañar al pobre que molesta (cf. v. 48). Es la tentación de seguir adelante como si nada, pero así se queda lejos del Señor y se mantienen distantes de Jesús y de los demás. Reconozcamos todos ser mendigos del amor de Dios, y no dejemos que el Señor pase de largo. «Timeo transeuntem Dominum» (San Agustín). Demos voz a nuestro deseo más profundo: «Maestro, que pueda ver» (v. 51). Este Jubileo de la Misericordia es un tiempo favorable para acoger la presencia de Dios, para experimentar su amor y regresar a él con todo el corazón. Como Bartimeo, dejemos el manto y pongámonos en pie (cf. v. 50): abandonemos lo que nos impide ser ágiles en el camino hacia él, sin miedo a dejar lo que nos da seguridad y a lo que estamos apegados; no permanezcamos sentados, levantémonos, reencontremos nuestra dimensión espiritual, la dignidad de hijos amados que están ante el Señor para ser mirados por él a los ojos, perdonados y recreados.

Hoy más que nunca, sobre todo nosotros los Pastores, estamos llamados a escuchar el grito, quizás escondido, de cuantos desean encontrar al Señor. Estamos obligados a revisar esos comportamientos que a veces no ayudan a los demás a acercarse a Jesús; los horarios y los programas que no salen al encuentro de las necesidades reales de los que podrían acercarse al confesionario; las reglas humanas, si valen más que el deseo de perdón; nuestra rigidez, que puede alejar la ternura de Dios. No debemos ciertamente disminuir las exigencias del Evangelio, pero no podemos correr el riesgo de malograr el deseo del pecador de reconciliarse con el Padre, porque lo que el Padre espera antes que nada es el regreso a la casa del hijo (cf. Lc 15,20-32).

Que nuestras palabras sean la de los discípulos que, repitiendo las mismas expresiones de Jesús, dicen a Bartimeo: «Ánimo, levántate, que te llama» (v. 49). Estamos llamados a infundir ánimo, a sostener y conducir a Jesús. Nuestro ministerio es el del acompañar, porque el encuentro con el Señor es personal, íntimo, y el corazón se pueda abrir sinceramente y sin temor al Salvador.

No lo olvidemos: sólo Dios es quien obra en cada persona. En el Evangelio es él quien se detiene y pregunta por el ciego; es él quien ordena que se lo traigan; es él quien lo escucha y lo sana.

Nosotros hemos sido elegidos para suscitar el deseo de la conversión, para ser instrumentos que facilitan el encuentro, para extender la mano y absolver, haciendo visible y operante su misericordia.

La conclusión del relato evangélico está cargado de significado: Bartimeo «al momento recobró la vista y lo seguía por el camino» (v. 52). También nosotros, cuando nos acercamos a Jesús, vemos de nuevo la luz para mirar el futuro con confianza, reencontramos la fuerza y el valor para ponernos en camino. En efecto «quien cree ve» (Carta enc. Lumen fidei, 1) y va adelante con esperanza, porque sabe que el Señor está presente, sostiene y guía. Sigámoslo, como discípulos fieles, para hacer partícipes a cuantos encontramos en nuestro camino de la alegría de su amor misericordioso.

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Ago 17

San Eusebio, Papa

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En Sicilia, muerte de san Eusebio, papa, valeroso testigo de Cristo, que fue deportado por el emperador Majencio a esa isla, donde dejó la patria terrena para merecer la patria celestial. Trasladado su cuerpo a Roma, fue enterrado en el cementerio de Calixto.

Vuelvo a repetir su descripción que ojalá aprendiéramos de su ejemplo: “valeroso testigo de Cristo” .

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Mar 1

FRANCISCO INVITA A REZAR PARA QUE LOS PASTORES DE LA IGLESIA SEAN BUENOS SERVIDORES

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Y NO BUENOS PADRONES ( del vocablo Padre)

Ciudad del Vaticano, 23 de febrero 2014.

Después de concelebrar la santa misa con los nuevos cardenales en la basílica vaticana, el Papa se asomó a mediodía a la ventana de su estudio para rezar el ángelus con los numerosos fieles reunidos en la Plaza de San Pedro.

El Obispo de Roma comentó la carta de San Pablo a los Corintios, una comunidad que se había dividido en varios grupos que hacían referencias a diversos predicadores considerándolos sus jefes. Pablo explica que esa forma de pensar es errada porque la comunidad no pertenece a los apóstoles, sino que son los apóstoles, los que pertenecen a la comunidad y que la comunidad, entera, pertenece a Cristo.
“De esta pertenencia -dijo Francisco- se deriva que en las comunidades cristianas -diócesis, parroquias, asociaciones, movimientos- las diferencias no pueden contradecir el hecho de que todos, mediante el Bautismo, tenemos la misma dignidad: todos en Jesucristo somos hijos de Dios… Los que han recibido un ministerio de guía, de predicación, de administrar los sacramentos, no deben creerse propietarios de poderes especiales, padrones, sino ponerse al servicio de la comunidad, ayudándola a recorrer con alegría el camino de la santidad”.

Y la Iglesia confía hoy el testimonio de este estilo de vida pastoral a los nuevos cardenales. “Los saludamos a todos -exclamó el pontífice- El consistorio de ayer y la celebración Eucarística de hoy han brindado una ocasión inapreciable para experimentar la catolicidad y la universalidad de la Iglesia, bien representada por la variada procedencia de los miembros del colegio cardenalicio, reunidos en estrecha comunión alrededor del Sucesor de Pedro. Y que el Señor nos conceda la gracia de trabajar por la unidad de la Iglesia, de construir esa unidad porque la unidad es más importante que los conflictos. La unidad de la Iglesia es Cristo, los conflictos son problemas que no siempre son de Cristo”.

“Os invito también a sostener a estos pastores y a ayudarlos con la oración… ¡Cuánta necesidad de oraciones tiene un obispo, un cardenal, un papa, para que pueda ayudar a caminar al Pueblo de Dios! Digo ‘ayudar’, es decir, servir al Pueblo de Dios, porque la vocación del obispo, del cardenal, del papa es precisamente esta: ser servidor, servir en nombre de Cristo. Rezad por nosotros para que seamos buenos servidores:buenos servidores, no buenos padrones. Todos juntos, obispos, presbíteros, personas consagradas y fieles laicos tenemos que dar testimonio de una Iglesia fiel a Cristo, animada por el deseo de servir a los hermanos y dispuesta a salir al encuentro -con valor profético- a las esperanzas y exigencias espirituales de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y que la Virgen nos acompañe y proteja en este camino”.

padrón del latín:patronus;de pater:padre

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Nov 23

San Clemente, Papa

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23 de Noviembre
Año 101
Oremos por nuestro actual Pontífice, para que a imitación
de San Clemente y los demás Pontífices santos que
ha tenido la Iglesia Católica, sepa guiar sabiamente
a los que seguimos la santa religión de Cristo.
Cuando los persigan no tengáis temor porque
el Espíritu Santo hablará por vosotros (Jesucristo).
San Clemente fue el tercer sucesor de San Pedro (después de Lino y
Cleto) y gobernó a la Iglesia desde el año 93 hasta el 101.
El año 96 escribió una carta a Los Corintios, que es el documento
Papal más antiguo que se conoce (Después de las cartas de San Pedro).
En esa carta da muy hermosos consejos, y recomienda obedecer siempre
al Pontífice de Roma (Entre otras cosas dice: “el que se conserva puro
no se enorgullezca por ello, porque la pureza es un regalo gratuito de
Dios y no una conquista nuestra”).
Por ser cristiano fue desterrado por el emperador Trajano a Crimea (al
sur de Rusia) y condenado a trabajos forzados a picar piedra con otros
dos mil cristianos. Las actas antiguas dicen que estos le decían:
“Ruega por nosotros Clemente, para que seamos dignos de las promesas
de Cristo”.
San Ireneo (que vivió en el siglo segundo) dice que Clemente vio a los
santos apóstoles Pedro y Pablo y trató con ellos. Las Actas antiguas
añaden que allá en Crimea convirtió a muchísimos paganos y los
bautizó. Los obreros de la mina de mármol sufrían mucho por la sed,
porque la fuente de agua más cercana estaba a diez kilómetros de
distancia. El santo oró con fe y apareció allí muy cerca una fuete de
agua cristalina. Esto le dio más fama de santidad y le permitió
conseguir muchas conversiones más.
Un día las autoridades le exigieron que adorara a Júpiter. Él dijo que
no adoraba sino al verdadero Dios. Entonces fue arrojado al mar, y
para que los cristianos no pudieran venerar su cadáver, le fue atado
al cuello un hierro pesadísimo. Pero una gran ola devolvió su cadáver
a la orilla.
San Cirilo y San Metodio llevaron a Roma en el año 860 los restos de
San Clemente, los cuales fueron recibidos con gran solemnidad en la
Ciudad Eterna, y allá se conservan.

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