San Roque, confesor, Montpellier (Francia-), †1327. es una imagen pintoresca y popularísima en multitud de iglesias: con hábito de peregrino, sombrero, bastón y calabaza de agua, muestra una pierna roída por las úlceras, y a sus pies un fidelísimo perro lleva entre sus dientes el pan. El protector contra la peste, porque fue caritativo como nadie con los apestados.

Aunque nació en Montpellier por el 1290, puede decirse que era aragonés porque esta ciudad pertenecía a los dominios del rey de Aragón, Jaime II. Su padre Juan, era el gobernador de la ciudad y su madre Libera, era una dama de la más alta alcurnia y adornada de las más envidiables cualidades.
Cuando tenía doce años tuvo la pena de perder a su padre y cuando tenía veinte a su buena madre. Quedó huérfano de todos menos de Dios, repartió todos sus bienes entre los pobres para hacerse peregrino. El que vive en el bienestar se desprende de lo que proporciona holgura y comodidad para convertirse en caminante, sin mas riquezas que sus humildes ropas y su bastón, hacia lejanas casas de Dios en este mundo.

En la Toscana asolada por la peste, el peregrino se hizo enfermero, médico y taumaturgo, consolaba, atendía y sanaba milagrosamente; su fama se extendió por toda la región, luego pasó a Roma y por fin a Plasencia, siempre cuidando a los apestados, a los que podía curar en nombre de Dios, y exponiendo su vida en medio del horror de los lazaretos.
San Roque es uno de esos santos cuya vida está tan envuelta en la leyenda que es imposible separar los hechos de la ficción. Lo único que sabemos de seguro es que cuidó de los enfermos durante un estallido de peste.

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