Myan es una joven inmovilizada en su cama, no puede hablar. Sólo puede sonreír. Cada vez que se lo piden, ella lo hace. Hoy sonrió para Papa Francisco, que le acarició el rostro. La visita del Pontífice a Kkottongnae («colina de las flores»), un centro que cuenta con estructuras para rehabilitación, tanto del cuerpo como del espíritu, y que fue fundado por el franciscano John Oh Woong, fue el momento más conmovedor de su tercer día en Corea del Sur. No hubo discursos, solamente abrazos a los niños, adultos y ancianos con diferentes discapacidades. Son las citas que prefiere Papa Bergoglio, porque son la ocasión para tocar «la carne de Cristo» en los marginados por la sociedad, la ocasión para ofrecer el testimonio dela «ternura de Dios».

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Dentro de este Centro «House of Hope» el Papa fue recibido por alrededor de 150 pacientes, unos 50 niños discapacitados de otro centro cercano, y un grupo de agentes sanitarios y maestros del Centro. Francisco visitó en primer lugar la capilla, en donde había algunos enfermos. Después fue a la sala principal. Los responsables del Centro y la joven monja que traduce para él del coreano al italiano lo invitan a sentarse, pero Bergoglio prefiere quedarse de pie. Se convierte en espectador momentáneo de un baile preparado por algunos de los niños discapacitados, los saluda uno a uno, recibe regalos, un chico en silla de ruedas le pone al cuello una corona de flores decorada con una cinta.

Francisco continúa saludando a los huéspedes de la estructura. Hay niños que han sido abandonados dos veces: por sus padres y por la sociedad. Nadie quiere adoptarlos. El Papa pone las manos sobre la cabeza de cada uno de ellos, los acaricia y abraza. Entonces llega Myan, la joven que sufre de una grave patología cerebral, pero que no ha «perdido la sonrisa», explicó la monja. Es Myan, que no puede hablar, pero sonríe. También está John, uno de los primeros huéspedes, que hace muchos años dijo al padre Woong Jin que quería estudiar a pesar de sus limitaciones. Así comenzaron los primeros programas educativos especializados, y ahora los que saludan al Papa son chicos que han obtenido su diploma. John, sentado en su silla de ruedas, se agita y sonríe. Su madre lo abandonó, nunca ha ido a verlo, pero ahora recibe el abrazo del Papa. También hay niños pequeños, en sus cunas transparentes. Y los ancianos abandonados.

A la salida, Francisco se dirigió en coche al Training Centre «School of Love», acompañado por un «Coro de vagabundos». Durante el trayecto, el Papa se detuvo a rezar en el «Jardín de los niños abortados», un parquecito lleno de pequeñas cruces blancas, ante la presencia de una representación de los activistas pro-vida coreanos y Lee Gu-won, joven misionero sin brazos ni piernas.

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