Se considera que las virtudes cardinales predisponen al ser humano a llevar una vida recta y conforme al buen juicio y a obrar correctamente. Se dice que la repetición de los actos crea el hábito, y cuando estos están encaminados al bien reciben el nombre de virtudes, mientras que en el caso contrario estaríamos hablando de vicios. Las virtudes cardinales son cuatro: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

La prudencia

La prudencia se basa en el buen juicio; en actuar reflexivamente y con precaución para discernir el bien y elegir los medios adecuados para acometer una acción evitando todo posible daño. En la prudencia se halla el valor para adquirir conciencia de las situaciones que se deben enfrentar en la vida y actuar desde la calma y la reflexión para adoptar, finalmente, la decisión más acertada.

La justicia

Al amparo de la prudencia es como se puede administrar la justicia que, básicamente, consiste en darle a cada cual lo que le corresponde. No se entiende la justicia sin que la misericordia, la caridad y el amor formen parte de ella. La justicia es el pilar básico sobre el que se cimenta la existencia y la convivencia en todas las sociedades humanas.

La fortaleza

La fortaleza es equiparable a la perseverancia, aunque con algunos atributos añadidos. En la filosofía griega se enfatiza la fuerza ante las adversidades de la vida; lo que en la actualidad podríamos intepretar como resiliencia. La virtud de la fortaleza se basa en el valor y la constancia para perseverar en la consecución del bien superando todos los obstáculos.

La templanza

La templanza es una virtud mediante la cual es posible adquirir la capacitación y el control para encauzar de un modo correcto nuestras tendencias. La templanza sería equiparable a la sobriedad y alude a la propia ética. No es estática, es decir, sujeta exclusivamente a una serie de reglas, sino que forma parte del dinamismo interno de la persona.

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