Mensaje, 25. septiembre 2010
¡Queridos hijos! Hoy estoy con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal de paz, y los exhorto a vivir aún más su vida de fe, porque aún son débiles y no son humildes. Los exhorto, hijitos, a hablar menos y a trabajar más en su conversión personal, para que su testimonio sea fecundo. Y que su vida sea una oración continua. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

Antes de comentar el mensaje que la Virgen nos ha dado este 25 de septiembre, conviene recordar lo que nos dijo en los dos últimos mensajes. Porque ningún mensaje está separado de otro. Cuando la Madre vuelve hablar, no se debe olvidar lo que mencionó antes. La Virgen ha dicho que sus mensajes son como las piedras de un mosaico. Por consiguiente, cada mensaje es importante y se debe tener presente que ningún mensaje anula el anterior.
En el mensaje del 25 de mes pasado la Virgen dijo: “Deseo de nuevo invitarlos: oren, oren, oren. Que este tiempo sea para ustedes tiempo para la oración personal. Durante el día busquen un lugar, donde en recogimiento puedan orar con alegría”. Podemos tener siempre presente esta llamada, porque la Madre urge a sus hijos queridos, a la pastoral de la oración continua con el corazón. Y para cumplir con ese objetivo, como dice el mensaje: hay que buscar un lugar donde a solas se pueda estar con Dios. La Madre dijo: “Que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración”, y el acento recayó en la oración personal, que no suprime la oración comunitaria sino la complementa y la fundamenta.
Posteriormente, en el mensaje del 2 de septiembre, por medio de Mirjana, habló sobre la necesidad de superar las pruebas del tiempo presente, y enfatizó, que una de ellas era el “no saber perdonar y el no pedir perdón.” Considérese que este mensaje va unido al anterior de hablaba de la oración personal. Porque nadie que tenga rencor en su corazón, frente a alguien que no ha perdonado, puede orar en paz y en recogimiento. Al igual, si es consciente que debe pedir perdón a alguien que ha ofendido. De esta manera, vemos que los mensajes de la Virgen están siempre relacionados unos con otros. Hay que orar, orar y orar, pero sin olvidar el aprendizaje del amor que conlleva “perdonar y pedir perdón” al hermano a quien se ha ofendido. Se recuerda que Medjugorje es una llamada a la oración y una escuela de amor. Los dos mensajes anteriores resumen lo esencial que la Madre pide a lo largo de estos 29 años y tres meses que tiene de estar apareciendo.
En el mensaje de este 25 dice: “Queridos hijos: Hoy estoy con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal de paz”. No es la primera vez que la Virgen se expresa de esta manera. Podemos decir que esta expresión forma parte de sus saludos habituales: “Estoy con ustedes… los bendigo a todos…” Es una forma de hacernos sentir su amor, su cercanía, su intercesión. La Madre no quiere que ningún hijo suyo se sienta excluido de su cariño. Por eso dice: “los bendigo a todos”.
Todos somos hijos de María y todos necesitamos de Su amor, de Su bendición maternal de paz. María quiere que cada fiel que lea o escuche sus mensajes se sienta realmente bendecido y amado por Ella. Para María no hay hijos predilectos ni excluidos. Todos los hombres, sin distinción de raza, credo, cultura… son hijos de María porque son hijos de un mismo Padre y tienen un mismo Salvador y Redentor Jesucristo.
Ahora pasemos a una de las partes más significativa del mensaje: “…los exhorto a vivir aún más vuestra vida de fe, porque aún son débiles y no son humildes.” Todos los mensajes que la Virgen da son exhortaciones. Todos son importantes. No hay un mensaje más importante que otro. Pero, no se olvide: todos tienen un fin particular: conducir la humanidad hacia la paz y la conversión profunda. El mensaje de este 25 de septiembre examina un aspecto de la conversión y de la paz: el de la vida de fe de los creyentes, del cristiano católico.
La Madre está pidiendo a todos ahora que hagamos un alto y que se examine como se encamina la vida de fe en el cotidiano vivir.
La vida de fe a la que María se refiere, es la vida pública de cada creyente, en su casa, en el trabajo, en el colegio, la universidad, en el campo intelectual, profesional, científico o artesanal. En suma: la vida que da razón a los demás de Jesucristo. María exhorta a todos a vivir esa vida de una manera más profunda y todos sabemos que la única manera de hacerlo es tomando más en serio la conversión. Por eso dice en el mensaje: “aún son débiles y no son humildes”. Por lo tanto, la Madre espera que se trabaje con seriedad en la humildad.
¿Qué es la humildad?
La humildad evangélica es una sola y tiene dos componentes. La humildad es una virtud que refrena el sentimiento de presunción, orgullo, soberbia… pero también es la virtud que nos hace reconocer lo que realmente somos ante Dios; no frente a los hombres, porque Dios es el único que sabe en realidad quienes somos. El humilde es aquel que sabe reconocer sus limitaciones pero también reconoce sus virtudes y sus talentos: Diría santa Teresa de Ávila: “que caminar en la humildad es caminar en la verdad”. Entonces, para acrecentar la virtud de la humildad hay que trabajar con seriedad en los propios defectos de carácter y de conducta, pero también hay que reconocer los dones que Dios no ha dado y que, con su ayuda, hemos conquistado. Y la mejor manera de trabajar en la humildad es: asumiendo en el corazón la vida de Jesús.
Una persona puede meditar horas acerca de la humildad y luchar con todas sus fuerzas por transformar su carácter, su orgullo… y luego darse cuenta que de nada sirvió. Entonces, hay que descubrir una forma mucho más eficaz para ser humilde. Y en esta meditación quiero revelarte una más sencilla y eficaz: abrirle las puertas del corazón, de par en par, a la persona más humilde que ha existido, para que luego reproduzcas Su imagen en el mundo. Se trata de ponerte cada día frente a JESÚS.
Sólo cuando cada día se le abre la puerta del corazón a Jesús, el hombre humilde por excelencia, se puede avanzar en esa virtud y en todas las demás. Ese es el ejemplo que los santos nos han dejado. Ellos no lucharon contra la soberbia, el orgullo, la presunción, la autoestima…. porque sabían que era inútil; que no servía tanto. Los santos, por el contrario, se esforzaron por abrirle cada día el corazón, de par en par, a Cristo para que Él los transformara. Los santos descubrieron que el único que podía derribar el Goliat del orgullo era Jesús. Y por ello se colocaban frente a Él.
Tenemos el ejemplo de san Benito. Él nos dejo un bello tratado de humildad, como también no los dejó Tomás de Kempis. Pero todo lo que Benito escribió y lo que escribió Tomas de Kempis fue lo que Jesús hizo en ellos. Por eso es inútil pretender ser humilde por las propias fuerzas. El mejor consejo para alcanzar la virtud de la humildad es ponerse cada día delante de Jesús. Ese es el mayor ejercicio de humildad. Quien logra hacerlo se da cuenta de que él por sí mismo, como creyente, puede alcanzar cada día muy poco, porque todo depende de Jesús. Obsérvese, que sí cada día se le abre el corazón a Jesús, uno cae en la cuenta que todo depende de Él y que siempre está a nuestro lado. Y si se procede cada día de esta manera, delante de Jesús, tampoco existirán problemas para ponerse frente al hermano y darle una mano, y pedirle al hermano una mano porque también la vida de cada día dependerá del prójimo que tengo a mi lado, y no de mi autosuficiencia, de mi presunción. Así, no tendré problemas para pedir ayuda, porque primero se la estoy pidiendo a Jesús y en la oración descubro que también Él se la pedía, cada día, a Su Padre y también le pedía ayuda a sus Apóstoles.
Tampoco tendré problemas para amar al hermano, si cada día primero le abro el corazón a Jesús. Cuando mi corazón se abre respira e amor de Dios y se llena de ese mismo amor para brindarlo a los demás. Entonces, es Jesús el mejor y más perfecto Maestro de la humildad y del amor. Para ser humilde hay que tener los ojos fijos en Jesús. De ahí que san Ignacio de Loyola recomendaba cada viernes meditar uno de los 4 evangelios de la Pasión del Señor. La Pasión de Jesús es la mejor escuela de humildad. La humildad no se aprende por medio de libros o en la universidad sino a los pies de Cristo crucificado.
La segunda exhortación del mensaje también es importante: “Los exhorto, hijitos, a hablar menos y a trabajar más en vuestra conversión personal, para que su testimonio sea fecundo”. Esta parte del mensaje va unida a la anterior, porque una expresión concreta para vivir la humildad es el silencio. Según san Benito el noveno grado de la humildad es hablar sólo cuando a uno se le pregunta. De seguro que la Madre no espera que todos asumamos esa conducta, que de por sí podría ayudar a muchos matrimonios y comunidades en crisis. Pero recordemos que nos ha pedido, concretamente: trabajar más en la conversión personal y hablar menos. Para que de esta manera el testimonio sea fecundo, porque cuanto más se habla, menos se trabaja en la conversión personal. Recuérdese que muchas conversaciones pueden manchar el alma personal y la de los demás. Además de robarle tiempo a Dios. Santa Teresita del Niño Jesús decía que “lo que se habla se contamina”. Luego, la conversión también se demuestra en frenar la lengua.
La carta de Santiago dice: “Si alguno no cae al hablar, puede ser considerado un hombre perfecto, capaz de refrenar todo su cuerpo. Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, podremos dirigir todo su cuerpo…En efecto, la lengua que es uno de nuestros miembros, puede contaminar todo el cuerpo…”St. 3: 2-6. Esto es una advertencia, si no se cuida lo que se habla, porque podría estropear el cuerpo y el alma. También Jesús dijo: “no es lo que entra lo que estropea al hombre sino lo que sale de su boca.” Y la Madre en el mensaje de este mes nos invita a “hablar menos y a trabajar más”. Nos está pidiendo orden y decoro en nuestra manera de expresarnos, sea porque se habla más de lo que se debe (y esto incluye los chat, mails, móviles) o bien: porque faltamos al amor en nuestra manera de expresarnos.
Sustituir el diálogo, los mails, los chats… por el trabajo de la conversión personal no es fácil, pero tampoco es un imposible.
Como ocurre con los demás mensajes de la Virgen, lo primero es la decisión personal. Convertirse es una decisión. Es lo que espera María, de lo contrario no lo pediría: Quiere que todos nos decidamos a trabajar más en la conversión personal y no perder tanto tiempo en temas y conversaciones triviales. La Madre ve desde el cielo a cada uno de sus hijos, y se da cuenta en qué estamos fallando. Sus mensajes son un indicativo de lo que vivimos en la tierra. Es lo más hermoso de la presencia de María en Medjugorje.
También dice el mensaje: “Y que su vida sea una oración continua.” Esta es la parte del mensaje más relacionada con el mensaje del 25 de agosto cuando mencionó: “oren, oren, oren…” Todos sabemos que quien se decide por la oración, se decide por la conversión. Las dos cosas van de la mano. La oración nos lleva a la conversión y la conversión nos lleva a la oración. Los grandes orantes, en la historia de la espiritualidad cristiana, fueron los grandes “convertidos”, y viceversa. La Madre al decirnos: “Y que su vida sea una oración continua.” Nos está pidiendo oración las 24 horas de día. Es decir: que la vida entera llegue a ser oración. La Madre no puede pedir imposibles ni quiere desligarnos de nuestras responsabilidades habituales.
¿Cómo podemos lograr para que nuestra vida sea una oración continua?
Pienso que en el fondo es lo mismo que para vivir en profundidad la virtud de la humildad: abrir cada día el corazón a Jesús. Porque la oración es siempre un encuentro personal con Cristo y la Santísima Trinidad. No se trata de repetir palabras por repetir… es encontrarse cada día con Dios. Y todo hombre, si se lo propone: puede vivir las 24 horas en la presencia de Dios. Eso es orar. Pero para llegar a eso se debe comenzar cada día abriéndole las puertas del corazón al Creador, y cuando avanza la jornada, volverlo hacer. Cuando la Virgen nos pide que recemos tres partes del Rosario cada día, nos está invitando a que cada vez, durante la jornada, le abramos por momentos el corazón a Dios, hasta que esté presente en cada minuto de la jornada y así lograr también que esté presente en el sueño nocturno.
Nadie debe decir después de rezar las tres partes del Rosario cada día: “ya cumplí el mensaje de los tres Rosarios”. Si se expresa de esta manera quiere decir que no entendió nada. Porque la Virgen cuando nos pide que recemos tres partes del Rosario cada día, es para que cada vez el corazón se le pueda abrir a Dios, para que cada vez se experimente Su amor. El Rosario es sólo un método, lo importante no es el método sino hacia donde el método nos debe llevar.
Si cualquiera toma el Rosario varias veces al día, cada vez que lo toma abrirá más su corazón a Dios. Estamos por iniciar el mes del Rosario. En un mensaje dijo la Virgen que el mes de octubre era Su mes, porque es el mes del Rosario. Lo que significa que es el mes de la oración. Recuérdese que ha dicho: “Y que su vida sea una oración continua,” Por medio del rezo frecuente y constante del Rosario, se pude lograr que la vida sea oración continua.
Oremos:
“Oh Jesús me pongo delante de Ti y de Tu Madre Santísima en este momento.
Quiero pedirte, con todas las fuerzas de mi corazón, el don de la humildad infusa.
Tú me conoces, sabes las luchas que tengo con mi orgullo, mi vanidad, mi presunción. ¡Cuántas veces no he caído en estas cosas!
Por eso Te pido hoy que me perdones. De esta manera comienzo a practicar la humildad.
Tu Madre me ha enseñado, que para crecer en el amor y superar las pruebas de este tiempo debo “perdonar y pedir perdón.”
Tú sabes que por mi orgullo y presunción me ha costado perdonar y pedir perdón muchas veces.
Hoy comienzo pidiéndote perdón a Ti, en primer lugar, por haberte ofendido con mis actitudes, por haberte desplazado de mi vida, por mi autosuficiencia. Ahora reconozco, junto a Tu Madre, mi error. Ayúdame a cambiar. Hoy te pido, con todas las fuerzas de mi corazón: haz mi corazón semejante al Tuyo. No pases delante de mí sin detenerte para sanarme. Te necesito más que nunca, porque sin Ti jamás podré ser humilde, jamás podré perdonar, jamás podré pedir perdón a los demás como debo hacerlo. Ahora reconozco mi miseria, mi pequeñez, mi minoridad, el vacío que hay en mí, por mi orgullo.
Jesús, enséñame a ser sobrio en mi manera de expresarme. Sobrio no sólo en las comidas y bebidas, en los programas televisión y en manejo de la internet, del móvil… Jesús: haz que pueda moderar mi manera también de hablar, de expresarme frente a los hermanos, para no ofenderte con mi vocabulario, y sobre todo, con el tiempo que pierdo en conversaciones triviales, vanas, superficiales, efímeras…. pudiendo aprovechar ese tiempo para la oración y mi conversión personal.
Pongo delante de Ti cuantos viven conmigo: protégelos, cuídalos, bendícelos… que como yo, cada uno de ellos, puedan sentirse amados y perdonados por Ti.
Jesús: hoy me decido a perdonar de corazón a cuantos me han ofendido a lo largo de mi vida, porque no puedo vivir la conversión de corazón, ni puedo orar con resentimientos. Coloca en mi memoria a cuantos me han ofendido y aún no he perdonado de corazón. Por otro lado: haz que tenga conciencia clara del prójimo a quien he ofendido y espera que le pida perdón. Hoy me decido hacerlo. De esta manera, comienzo a trabajar en la humildad. Humildad también es perdonar y pedir perdón. Tú me lo has enseñado.
De hoy en adelante quiero ponerme, todos los días delante de Ti, sin ningún tipo de reservas, mi corazón porque Tu eres mi Salvador, Mi Señor. Te doy gracias por Tu sufrimiento en Cruz y todo cuanto padeciste por mis pecados. Gracias Jesús. Porque Tu Cruz es la mayor escuela de humildad.
Oh María, Madre del amor, Reina de la humildad, enséñame a perseverar en el camino de Tu Hijo que es el único que conduce a la salvación. Te doy gracias por tus mensajes, por Tu presencia diaria en Medjugorje que me ayuda en mi conversión. Tú eres la Reina de la Paz y la Reina también de mi corazón.
Recibo alegre Tu bendición maternal que me cuida, me protege y me guía por el camino del amor y de la humildad. Dios te Salve Maria…
¡Sea alabado Jesucristo!