TESTIMONIOS DE SACERDOTES SOBRE PEREGRINACIONES A SALTA

Extraido del libro “Una Mirada especial” de Carola Orúe de Bonacina.

1- Testimonio del Padre Juan Carlos Gil: “Vayan y digan a los hombres lo que han saboreado”:

……Estoy convencido de que en este camino de evangelización, de trasmitir la buena noticia, es de gran valor el testimonio, ser testigo de una vivencia, de una experiencia: “vayan y digan que han visto..”

Siento que no es el mandato “vayan y digan lo que estudiaron”, “repitan como hombres y mujeres inteligentes”, sino “vayan y digan a los hombres lo que han saboreado”. Sabio es el que no tiene miedo a asomarse al misterio, el que tiene la humildad de acercarse a lo desconocido, a lo nuevo, a lo que se va gestando.

Me han convencido de que no puedo quedarme atrincherado en “mis seguridades”; eso me hace tímido frente al desafío, cómodo frente al peligro (a lo que puedo perder, al “que dirán”).

Debo reconocer que muchas veces me gana la razón y al no escuchar los latidos de mi corazón no escucho los latidos del corazón de mis hermanos. Esto me sucedió frente al fenómeno Salta-Cerrito. Muchas veces fui invitado, y ante cada invitación, mi respuesta era: “Para qué tengo que viajar mil quinientos kilómetros para ver a la Virgen, si Ella está aquí, en todas partes, a mi lado?”. Claro que ante cada tibio hay hermanos insistentes, casi obstinados, a quienes a muchos les gusta calificar de fanáticos….Pero hoy me doy cuento de que una sola cosa mueve: el “ven y verás” y el compartir una experiencia que les cambió su vida. Me pregunto: “hay algo no cristiano en esto?”.

Quiero dejarles mi testimonio de cura cabeza dura que lleva sangre vasca y castellana en sus venas, a pesar de todo, acepté la invitación para ir con una peregrinación de Familias especiales. Lo primero que se surge a un incrédulo o dubitativo es: “veinte horas de micro?”. La respuesta es: “No lo vas a sentir y no se compara con lo bien que te va a hacer esta experiencia”. Te diré que en esto tienen toda la razón.

El plato fuerte, el sábado, comienza con la subida al Cerro, al ir recorriendo ese camino sinuoso entre árboles y arbustos, camino abierto por los que peregrinaron antes. Al comienzo, no me parecía diferente a la trepada a cualquier cerro, pero al poco tiempo me atrapó un deseo profundo de hacer silencio. No fue por la sugerencia de los carteles fijados de tanto en tanto en los árboles; me lo sugería el clima que se iba generando en mi interior.

Llegando a la parte plana, me separé de mis peregrinos para ser conducido por una amable servidora a mi “lugar de privilegio”: un tronco tal vez mucho mas incómodo que los asientos de todos los demás. “que bueno”, pensé, “aquí no hay sitiales, sedes, sillas rojas, nada que nos ponga a los curas por encima, aquí hay que mirar desde abajo”. Y así fue, ya que tenía a todos los peregrinos, mis hermanos, de frente; detrás de mí, el barranco. Ahora entiendo el “privilegio”: estar con los ojos puestos en el mejor de los espectáculos, mis hermanos, que esperaban en silencio el abrazo prometido de Jesús. Para eso los había traído y ubicado La Madre.

Es casi imposible de creerlo: miles de personas reunidas y en silencio, que lo impone el lugar. Aquí no son los signos externos, ya que todo es agreste, sencillo, podemos decir “precario”. El solemne y sagrado silencio lo impone la “Presencia”; sin duda es un lugar santo. El prolijo ubicarse de los peregrinos lo acompaña el canto dulce y armonioso del pequeño ministerio de música.

Al filo de las doce horas, a mi derecha, se acercan unos jóvenes servidores, y en medio de ellos, una mujer de mediana estatura, algo robusta, sencillamente vestida con su cabello recogido. Se detiene un momento para saludarme con una voz muy suave, de muy pocas palabras. Me impresionó su mirada clara y límpida y su tenue sonrisa. Arrodillada en el playón delante de un cuadro de la Inmaculada Madre, comienza el rezo del Santo Rosario, en un ambiente casi celestial, donde el Señor regala distintas experiencias y mociones interiores; a mí, un sereno descanso con una profunda experiencia del Amor del Padre durante el cuarto misterio.

Traté de pasar casi al comienzo de la intercesión, para poder irme a confesar. La oración de intercesión se realiza en un clima de absoluto respeto y silencio, donde no hay duda de que María Livia es sólo un instrumento para que La Madre nos consiga para cada uno el abrazo de Jesús.

Fue una experiencia hermosa el escuchar confesiones, verdaderas conversiones (creo que es lo más valioso de este lugar).

Todo el tiempo experimenté la presencia y el amor de Dios Padre, estar pisando una Tierra Santa, un lugar elegido, no el único, ni el mejor, ni el indispensable, pero sí donde yo pude valorar y confirmar el llamado del Señor hacia Su Presencia Eucarística, de la que estoy cada día mas enamorado. Me emociona, confirma y anima ver a La Madre arrodillada ante tal Misterio de Amor.

2-Testimonio del Padre Eduardo Pérez dal Lago: “María y la Eucaristía”:

Durante toda mi vida la presencia de la Virgen María ha sido una constante. Nuestra Señora, que se apareció rubia a Bernardette en Francia y morena a Juan Diego en Méjico solo para decirles con estos detalles que en Ella encontrarían Una Madre, Una de su misma raza, se me ha presentado en cada momento de mi vida con un ropaje distinto para atraer mi mirada hacia Ella, y así, encontrar por su medio lo que en cada oportunidad necesitaba. El Rosario lo recibí durante mi infancia de la Virgen de Pompeya, la principal devoción de mi familia; el escapulario de Nuestra Señora del Carmen, en mi adolescencia; las peregrinaciones al Santuario de Luján al llegar la juventud; la consagración al Inmaculado Corazón de María, en el Seminario. En cada etapa de la vida la Virgen me entregaba las armas que me permitían encontrar en Ella un refugio seguro y la mejor aliada para mi vida cristiana y para mi apostolado.

Me ordené sacerdote el 4 de agosto de 1991 y mi primer destino fue de Vicario en la Parroquia de Santa María. Allí, la Virgen me hizo adentrar en el misterio de la presencia viva, real y operante de Su Hijo Jesucristo en la Eucaristía. Digo:” fue Ella”, aunque sólo lo adivino, porque nunca se hizo notar demasiado. Siempre dejó que en mi devoción el centro lo ocupara Cristo. Pero algo maternal, femenino, me hacía saber de Su presencia constante. En esa parroquia, con otros dos sacerdotes y un diácono, fuimos testigos el 8 de mayo de 1992, el día de la Virgen de Luján, de un Milagro Eucarístico.

En 2003 una invitación inesperada me llevó a celebrar la Semana Santa en Medjugorje. Qué regalo tan lindo!. Allí, María se las había ingeniado para mover muchos corazones en la construcción de una parroquia Santa. Misas vivas, confesiones vivas, rosarios vivos. Todo lo de siempre, pero lleno de vida. Allí, la Virgen me mostró que la diferencia consistía en poner el corazón en las cosas de Dios. Parecía algo sabido, pero era algo nuevo y un camino en el que siempre tengo mucho por delante.

Y así, en esa cadena de caricias de María, llegó la Inmaculada Madre de Salta. Primero conocí sus mensajes. Los leí con gusto. Al ver que la devoción se centraba tanto en la Eucaristía, inmediatamente me sentí llamado a asumirla como propia. Conocía a muchas personas que habían subida al Cerro y que venían transformados. Quise conocer más y se me ocurrió ponerme en contacto con Florencia Lacroze, ferviente difusora del mensaje de la Virgen, y pedirle que viniera a mi casa a dar su testimonio. Ella vino y su convocatoria fue tal que la casa rebalsaba de gente. Habló sobre las enseñanzas de María y nos dio el testimonio de su propia conversión. Después de la charla yo le pedí ir acompañando una peregrinación que estaría en el Cerro para la víspera del día de la Inmaculada.

Allí estuve, después de leer atentamente todos los mensajes publicados, durante el largo viaje. El 7 de diciembre de 2003 confesé largamente a peregrinos de todas partes que se acercaban al cerro a honrar a La Madre. Esa tarde celebramos la Misa que presidió Monseñor Moya. Me alegraba mucho estar allí, justo ese día en que la Eucaristía se hacía presente en el cerro. La Eucaristía y María: mis dos Amores.

Ese día fue de cielo; sin embargo, todos hablaban de las gracias recibidas en el cerro durante la oración de intercesión, y en esa oportunidad –por celebrarse la Misa- no se hizo. Era una deuda pendiente. Por eso a mediados de 2004 volví al cerro. Esta vez para rezar El Santo Rosario, participar de la oración de intercesión y confesar peregrinos. En esta oportunidad la gracia fue la de escuchar confesiones. Se acercaban peregrinos que hacía muchos años no se confesaban. No sabían explicarlo, pero allí habían sentido necesidad de hacerlo y lo hacían con verdadero arrepentimiento y con voluntad de empezar una nueva vida. También venían a confesarse personas piadosas. En ellos se veía la novedad de la gracia. En el cerro descubrían que existía algo que no habían confesado o algún aspecto de su vida que debían convertir y que recién allí habían advertido.

Desde entonces habré ido unas cinco veces mas a Salta. En cada oportunidad encontré algo que me asombró. Lindísimas charlas con María Livia, testimonios de peregrinos que iban de una manera y volvían transformados, horas de confesiones, cantos llenos de unción, orden y recogimiento entre los servidores, visitas llenas de luz a las Monjas del Carmelo de San Bernardo, el trabajo constante y silencioso de Pupa, el marido de María Livia, la fe de las familias de los chicos especiales en las peregrinaciones de Carola Bonacina, las gracias recibidas por enormes grupos de jóvenes en las tandas organizadas por Florencia Lacroze, el compromiso orante de los que vuelven con la consigna de vivir más unidos a Cristo.

En cada ocasión llevaba yo algo distinto en el corazón. Fui a rezar por mí, llevé fotos de enfermos por los que invocaba la acción divina, acompañé a un grupo de chicos que se recuperaban de adicciones en el Cenáculo de Pilar, fui con otros sacerdotes. Siempre observé como fruto la paz y la luz.

En un viaje tuve la oportunidad de estar unos cuantos días en Salta. Entonces pinté un pequeño ícono de la Inmaculada Madre. La pinté de rodillas frente al Corazón Eucarístico de Su Hijo expuesto en la Custodia. En el fondo pinté los tres cerritos y a lo lejas la torre de la Catedral de Salta. Me encariñé tanto con este ícono que tardé bastante en regalárselo a María Livia. Me costaba desprenderme de él, pero al final lo hice porque creí que desde el principio lo había pintado para ella. Se lo regalé como agradecimiento a su disposición a la Gracia de Dios y como pequeña consolación por tantos momentos difíciles que ha tenido que pasar dando testimonio de estas revelaciones.

Rezo siempre para que pronto pueda celebrarse la Misa en el cerro. Es que no me imagino ese lugar sin la Eucaristía. Los romanos distinguían matrimonio y patrimonio. La terminación “monio” viene de munere que significa ministerio, oficio propio. Es decir que el oficio propio del padre –el patrimonio- es el de proveer todo lo necesario para el sustento de la casa, y el oficio propia de la madre –el matrimonio- es el de entretejer la familia.

Por eso cuando Dios crea al varón lo dota de un cuerpo más apto para la intemperie y una inteligencia más razonadora. Él deberá salir de la casa, ganar el pan con el sudor de su frente, negociar el fruto de sus manos con los vecinos para obtener todo lo restante y llevar a la mesa de familia todo lo necesario para sus sustento. Así, cuando Dios crea una mujer, la piensa con la capacidad de engendrar vida en su seno y con una inteligencia más intuitiva. Ella no debe salir, sino entrar; ella no debe negociar con extraños, sino establecer relaciones entre cercanos. Ella debe acercar el corazón del padre a los hijos y el de los hijos al padre. Ella debe enseñar la concordia entre la hermanos.

Por eso Dios cuando piensa una mujer deja un espacio en su vientre. Es que la imagina como una cuna. Una cuna es un lugar donde la vida frágil crece segura porque está protegida. Una cuna es un puerto manso, un refugio, un lugar amparado en el que se puede dormir tranquilo. En esa cuna Dios deposita desde el origen de la creación cada vida en su momento más frágil, y lo hace confiado, porque al crear a la mujer le da unos ojos que miran para adentro y una fuerza de leona cuando es necesario defender a los cachorros.

Imagínese como habrás sido la cuna que Dios eligió para la vida frágil de Su Propio Hijo. Piensen como habrá sido de sereno y seguro ese interior donde el Don del Espíritu Santo engendraría una vida humana asumida por la Persona Divina del Verbo. María debió estar dotada por Dios de unos ojos que vieran más allá de lo común y de una asombrosa fuerza, capaz de proteger al más desvalido.

Y María no sólo fue cuna de Jesús en esos nueve meses en que lo guardó en su vientre. Fue cuna en Belén, en el destierro de Egipto y en Nazareth. Después vino la vida pública de Jesús y Ella dio un paso al costado para dejar que Su Hijo se ocupara de las cosas de Su Padre. Pero volvió a ser cuna en la Pasión y en la Cruz. Jesús volvía a estar necesitado de Ella y tan grande debió haber sido su consuelo que María le trajo que no quiso reservarse para sí tanta fuente de gozo. Y en la cruz, cuando nos daba Su Amor, Su Perdón, Su ejemplo, Su misma Vida, nos dio a María para que Ella fuera nuestro mayor refugio.

Por eso, Jesús, como varón, nos da un Pan y –para que no nos falte nada- nos da a Su Madre. Cuando Jesús mira nuestra fragilidad, nos da la Eucaristía y cuando María nos encuentra atribulados, nos acuna. La Eucaristía y María son nuestros refugios más seguros, el fruto del oficio de un Padre y de una Madre que nos aman.

Cada día renuevo mi encuentro en el cerro rezando la Consagración al Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús y a la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús. También rezo por María Livia y sus intenciones.

Rezo también por el Obispo de Salta. Siempre que fui al cerro lo visité para contarle mi parecer. En toda oportunidad él me dispensó su cordial y valiosa atención. Sé que como Pastor de esa iglesia es a él a quien corresponde discernir sobre esta gracia y todo cuanto digo lo dejo en manos de la Iglesia con la voluntad de aceptar de Ella cuanto disponga al respecto.

Como ven, la presencia de la Virgen en mi vida es de larga data. Por eso, cuando la pienso, no se me aparece siempre como la jovencita rubia vestida de blanco y con manto azul y de rodillas frente a la Eucaristía. En mi devoción está también cargando a Jesús niño en Sus brazos y de pie junto a la Cruz. Está vestida de blanco, de pardo, de azul o de negro. Pero siempre está conmigo y cuando lleva al Divino Niño, allí me lleva, porque en mi fragilidad necesito Sus brazos como refugio. Cuando está de pie junto a la Cruz me mira a mí, como a San Juan, porque quiere acompañar también mis cruces y ser en esos momentos difíciles la fuente de mis fuerzas. Y cuando se arrodilla frente al Corazón Eucarístico de Su Hijo, allí me invita y se ofrece a acompañarme en cada momento de Adoración para acostumbrarme a ese encuentro con Cristo.

3- Testimonio del Padre Fernando Javier Gómez: “ Vengan y vean”:

Quisiera compartir con ustedes como llego a Salta, y contarles mi experiencia con la Madre de Dios. Mi nombre es Fernando Javier Gómez y soy cura párroco de la diócesis Villa Concepción de Río Cuarto. Me dedico a dar retiros espirituales ignacianos de sanación interior y es allí donde conozco a dos amigos que me invitan a viajar para tener una experiencia de lo que allí decían que sucedía con una tal María Livia, a quien se le aparecía la Santísima Virgen. Es así que viajo desde Córdoba un día antes que mis amigos.

Estando ya en Salta, esperamos la llegada del sábado, y subimos el cerro rezando. Lo primero que me impactó fue el silencio de esa subida. Mucha gente peregrinaba también, guardando ese silencio. Deseaba llegar y ver qué era lo que pasaba. Quiero aclarar que desde niño tengo una gran devoción por María, la Virgen, y que Ella me ha concedido gracias desde temprana edad, que recuerdo como si fuera hoy. Volviendo a mi relato, llegué con mis amigos y percibí en ese lugar una paz muy grande queme llevó a la emoción de reconocer que algo grande estaba por suceder. María Livia comenzó a rezar el Santo Rosario y luego fuimos pasando a la oración de intercesión. Hubo lágrimas de conversión, y pude ver la sencillez de esta mujer, María Livia, que no se cansaba de interceder por cada uno de los estaban allí, aproximadamente quince mil personas. Qué puedo decir de ese lugar que me regaló un nuevo amor a la Madre de Dios? Que las confesiones no se acaban nunca y que son de gran profundidad, que el Rosario es un instrumento poderoso para incorporar en la vida espiritual y, por sobre todas las cosas, que es María como Madre quien nos da una nueva oportunidad para responder que sí al plan que el Padre tiene para cada uno de nosotros, a través de la Adoración del Santísimo Sacramento del Altar, que es la Eucaristía.

A mi regreso del viaje, cuento todo esto en mi parroquia. Para mi sorpresa, todos mis feligreses se van de vacaciones a Salta, en peregrinaciones o en forma particular. Un hecho que conmovió a mi comunidad fue la sanción de los ojos de un señor llamado Moisés Sargiotto, quien padece de maculopatía, que va empeorando y que le impedía ver, a tal punto que en su caminar se llevaba por delante todas las cosas. Él también fue al cerrito, y después de rezar el Rosario y pasar por la oración de intercesión, recuperó totalmente su vista, pudiendo ahora conducirse solo; es uno de los fieles adoradores del Santísimo Sacramento en nuestra parroquia. Este testimonio contado por él hizo que aumentaran los adoradores en la parroquia, y también la cantidad de personas que, habiendo visto esto, se convirtieron al Amor de la Madre de Dios; como en el evangelio de Juan, quisieron ir hasta Salta para ver y creer. “Vengan y vean”, esto es lo que vive hoy mi comunidad, que me ayuda para que sean cada vez más los que adoren a Jesús. En definitiva, rezamos para que se cumpla el plan de La Madre. Dios bendiga este testimonio para que aumente el deseo de rezar el Rosario y adorar a Jesús Sacramentado. Amén.