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Dic 7

San Ambrosio

1

Arzobispo de Milán
Año 397
San Ambrosio: que así como tu palacio de Arzobispo estaba
siempre abierto para que entraran todos los necesitados de
ayudas materiales o espirituales, que así también cada
uno de nosotros estemos siempre disponibles para hacer
todo el mayor bien posible a los demás.
Ambrosio significa “Inmortal”.
Este santo es uno de los más famosos doctores que la Iglesia de occidente tuvo en la antigüedad (junto con San Agustín, San Jerónimo y San León).
Nació en Tréveris (sur de Alemania) en el año 340. Su padre que era romano y gobernador del sur de Francia, murió cuando Ambrosio era todavía muy niño, y la madre volvió a Roma y se dedicó a darle al hijo la más exquisita educación moral, intelectual, artística y religiosa. El joven aprendió griego, llegó a ser un buen poeta, se especializó en hablar muy bien en público y se dedicó a la abogacía.
Las defensas que hacía de los inocentes ante las autoridades romanas eran tan brillantes, que el alcalde de Roma lo nombró su secretario y ayudante principal. Y cuando apenas tenía 30 años fue nombrado gobernador de todo el norte de Italia, con residencia en Milán. Cuando su formador en Roma lo despidió para que fuera a posesionarse de su alto cargo dijo: “Trate de gobernar más como un obispo que como un gobernador”. Y así lo hizo.
En la gran ciudad de Milán, Ambrosio se ganó muy pronto la simpatía del pueblo. Más que un gobernante era un padre para todos, y no negaba un favor cuando en sus manos
estaba el poder hacerlo. Y sucedió que murió el Arzobispo de Milán, y cuando se trató de nombrarle sucesor, el pueblo se dividió en dos bandos, unos por un candidato y otros por el otro. Ambrosio temeroso de que pudiera resultar un tumulto y producirse violencia se fue a la catedral donde estaban reunidos y empezó a recomendarles que procedieran con calma y en paz. Y de pronto una voz entre el pueblo gritó: “Ambrosio obispo, Ambrosio obispo”. Inmediatamente todo aquel gentío empezó a gritar lo mismo: “Ambrosio obispo”. Los demás obispos que estaban allí reunidos y también los sacerdotes lo aclamaron como nuevo obispo de la ciudad. Él se negaba a aceptar (pues no era ni siquiera sacerdote), pero se hicieron memoriales y el emperador mandó un decreto diciendo que Ambrosio debía aceptar ese cargo.
Desde entonces no piensa sino en instruirse lo más posible para llegar a ser un excelente obispo. Se dedica por horas y días a estudiar la S. Biblia, hasta llegar a comprenderla maravillosamente. Lee los escritos de los más sabios escritores religiosos, especialmente San Basilio y San Gregorio Nacianceno, y una vez ordenado sacerdote y consagrado obispo, empieza su gran tarea: instruir al pueblo en su religión.
Sus sermones comienzan a volverse muy populares. Entre sus oyentes hay uno que no le pierde palabra: es San Agustín (que todavía no se ha convertido). Éste se queda profundamente impresionado por la personalidad venerable y tan amable que tiene el obispo Ambrosio. Y al fin se hace bautizar por él y empieza una vida santa.
Nuestro santo era prácticamente el único que se atrevía a oponerse a los altos gobernantes cuando estos cometían injusticias. Escribía al emperador y a las altas autoridades corrigiéndoles sus errores. El emperador Valentino le decía en una carta: “Nos agrada la valentía con que sabe decirnos las cosas. No deje de corregirnos, sus palabras nos hacen mucho bien”. Cuando la emperatriz quiso quitarles un templo a los
católicos para dárselo a los herejes, Ambrosio se encerró con todo el pueblo en la iglesia, y no dejó entrar allí a los invasores oficiales.
El emperador de ese tiempo era Teodosio, un creyente católico, gran guerrero, pero que se dejaba llevar por sus arrebatos de cólera. Un día los habitantes de la ciudad de Tesalónica mataron a un empleado del emperador, y éste envió a su ejército y mató a siete mil personas. Esta noticia conmovió a todos. San Ambrosio se apresuró a escribirle una fuerte carta al mandatario diciéndole: “Eres humano y te has dejado vencer por la tentación. Ahora tienes que hacer penitencia por este gran pecado”. El emperador le escribió diciéndole: “Dios perdonó a David; luego a mí también me perdonará”. Y nuestro santo le contestó: “Ya que has imitado a David en cometer un gran pecado, imítalo ahora haciendo una gran penitencia, como la que hizo él”.
Teodosio aceptó. Pidió perdón. Hizo grandes penitencias, y en el día de Navidad del año 390, San Ambrosio lo recibió en la puerta de la Catedral de Milán, como pecador arrepentido. Después ese gran general murió en brazos de nuestro santo, el cual en su oración fúnebre exclamó: “siendo la primera autoridad civil y militar, aceptó hacer penitencia como cualquier otro pecador, y lloró su falta toda la vida. No se avergonzó de pedir perdón a Dios y a la Santa Iglesia, y seguramente que ha conseguido el perdón”.
San Ambrosio componía hermosos cantos y los enseñaba al pueblo. Cuando tuvo que estarse encerrado con todos sus fieles durante toda una semana en un templo para no dejar que se lo regalaran a los herejes, aprovechó esas largas horas para enseñarles muchas canciones religiosas compuestas por él mismo. Después los herejes lo acusaban de que les quitaba toda la clientela de sus iglesias, porque con sus bellos cantos se los llevaba a todos para la catedral de Milán. Sabía ejercitar su arte para conseguirle más amigos a Dios.
Este gran sabio compuso muy bellos libros explicando la S. Biblia, y aconsejando métodos prácticos para progresar en la santidad. Especialmente famoso se hizo un tratado que compuso acerca de la virginidad y de la pureza. Las mamás tenían miedo de que sus hijas charlaran con este gran santo porque las convencía de que era mejor conservarse vírgenes y dedicarse a la vida religiosa (Él exclamaba: “en toda mi vida nunca he visto que un hombre haya tenido que quedarse soltero porque no encontró una mujer con la cual casarse”). Pero además de su sabiduría para escribir, tenía el don de poner las paces entre los enemistados. Así que muchísimas veces lo llamaron del alto gobierno para que les sirviera como embajador para obtener la paz con los que deseaban la guerra, y conseguía muy provechosos armisticios o tratados de paz.
El viernes santo del año 397, a la edad de 57 años, murió plácidamente exclamando: “He tratado de vivir de tal manera que no tenga que sentir miedo al presentarme ante el Divino Juez” (San Agustín decía que le parecía admirable esta exclamación).

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Dic 7

Primer sábado de mes ¡¡¡¡¡

4

Os llevo a todos con la Virgen, a la que deseo más que abrazar pues allí Ella se hace presente cuando va en procesión y nos acompaña a los peregrinos ..
Si me queréis mandar vuestras peticiones, en el árbol las dejaré. Podéis escribir aquí que hasta el momento de la Santa Misa estaré recibiendo los mensajes o por mensaje privado a esta página.
Ella pidió Casas de Amor y Misericordia y las Hermanas Reparadoras cuidan con amor a los ancianos que a las casas de María van a descansar y prepararse para bien vivir y morir cuando Dios lo dispone.

San Ambrosio
Arzobispo de Milán
Año 397
San Ambrosio: que así como tu palacio de Arzobispo estaba
siempre abierto para que entraran todos los necesitados de
ayudas materiales o espirituales, que así también cada
uno de nosotros estemos siempre disponibles para hacer
todo el mayor bien posible a los demás.
Ambrosio significa “Inmortal”.
Este santo es uno de los más famosos doctores que la Iglesia de
occidente tuvo en la antigüedad (junto con San Agustín, San Jerónimo y
San León).
Nació en Tréveris (sur de Alemania) en el año 340. Su padre que era
romano y gobernador del sur de Francia, murió cuando Ambrosio era
todavía muy niño, y la madre volvió a Roma y se dedicó a darle al hijo
la más exquisita educación moral, intelectual, artística y religiosa.
El joven aprendió griego, llegó a ser un buen poeta, se especializó en
hablar muy bien en público y se dedicó a la abogacía.
Las defensas que hacía de los inocentes ante las autoridades romanas
eran tan brillantes, que el alcalde de Roma lo nombró su secretario y
ayudante principal. Y cuando apenas tenía 30 años fue nombrado
gobernador de todo el norte de Italia, con residencia en Milán. Cuando
su formador en Roma lo despidió para que fuera a posesionarse de su
alto cargo dijo: “Trate de gobernar más como un obispo que como un
gobernador”. Y así lo hizo.
En la gran ciudad de Milán, Ambrosio se ganó muy pronto la simpatía
del pueblo. Más que un gobernante era un padre para todos, y no negaba
un favor cuando en sus manos estaba el poder hacerlo. Y sucedió que
murió el Arzobispo de Milán, y cuando se trató de nombrarle sucesor,
el pueblo se dividió en dos bandos, unos por un candidato y otros por
el otro. Ambrosio temeroso de que pudiera resultar un tumulto y
producirse violencia se fue a la catedral donde estaban reunidos y
empezó a recomendarles que procedieran con calma y en paz. Y de pronto
una voz entre el pueblo gritó: “Ambrosio obispo, Ambrosio obispo”.
Inmediatamente todo aquel gentío empezó a gritar lo mismo: “Ambrosio
obispo”. Los demás obispos que estaban allí reunidos y también los
sacerdotes lo aclamaron como nuevo obispo de la ciudad. Él se negaba a
aceptar (pues no era ni siquiera sacerdote), pero se hicieron
memoriales y el emperador mandó un decreto diciendo que Ambrosio debía
aceptar ese cargo.
Desde entonces no piensa sino en instruirse lo más posible para llegar
a ser un excelente obispo. Se dedica por horas y días a estudiar la S.
Biblia, hasta llegar a comprenderla maravillosamente. Lee los escritos
de los más sabios escritores religiosos, especialmente San Basilio y
San Gregorio Nacianceno, y una vez ordenado sacerdote y consagrado
obispo, empieza su gran tarea: instruir al pueblo en su religión.
Sus sermones comienzan a volverse muy populares. Entre sus oyentes hay
uno que no le pierde palabra: es San Agustín (que todavía no se ha
convertido). Éste se queda profundamente impresionado por la
personalidad venerable y tan amable que tiene el obispo Ambrosio. Y al
fin se hace bautizar por él y empieza una vida santa.
Nuestro santo era prácticamente el único que se atrevía a oponerse a
los altos gobernantes cuando estos cometían injusticias. Escribía al
emperador y a las altas autoridades corrigiéndoles sus errores. El
emperador Valentino le decía en una carta: “Nos agrada la valentía con
que sabe decirnos las cosas. No deje de corregirnos, sus palabras nos
hacen mucho bien”. Cuando la emperatriz quiso quitarles un templo a
los católicos para dárselo a los herejes, Ambrosio se encerró con todo
el pueblo en la iglesia, y no dejó entrar allí a los invasores
oficiales.
El emperador de ese tiempo era Teodosio, un creyente católico, gran
guerrero, pero que se dejaba llevar por sus arrebatos de cólera. Un
día los habitantes de la ciudad de Tesalónica mataron a un empleado
del emperador, y éste envió a su ejército y mató a siete mil personas.
Esta noticia conmovió a todos. San Ambrosio se apresuró a escribirle
una fuerte carta al mandatario diciéndole: “Eres humano y te has
dejado vencer por la tentación. Ahora tienes que hacer penitencia por
este gran pecado”. El emperador le escribió diciéndole: “Dios perdonó
a David; luego a mí también me perdonará”. Y nuestro santo le
contestó: “Ya que has imitado a David en cometer un gran pecado,
imítalo ahora haciendo una gran penitencia, como la que hizo él”.
Teodosio aceptó. Pidió perdón. Hizo grandes penitencias, y en el día
de Navidad del año 390, San Ambrosio lo recibió en la puerta de la
Catedral de Milán, como pecador arrepentido. Después ese gran general
murió en brazos de nuestro santo, el cual en su oración fúnebre
exclamó: “siendo la primera autoridad civil y militar, aceptó hacer
penitencia como cualquier otro pecador, y lloró su falta toda la vida.
No se avergonzó de pedir perdón a Dios y a la Santa Iglesia, y
seguramente que ha conseguido el perdón”.
San Ambrosio componía hermosos cantos y los enseñaba al pueblo. Cuando
tuvo que estarse encerrado con todos sus fieles durante toda una
semana en un templo para no dejar que se lo regalaran a los herejes,
aprovechó esas largas horas para enseñarles muchas canciones
religiosas compuestas por él mismo. Después los herejes lo acusaban de
que les quitaba toda la clientela de sus iglesias, porque con sus
bellos cantos se los llevaba a todos para la catedral de Milán. Sabía
ejercitar su arte para conseguirle más amigos a Dios.
Este gran sabio compuso muy bellos libros explicando la S. Biblia, y
aconsejando métodos prácticos para progresar en la santidad.
Especialmente famoso se hizo un tratado que compuso acerca de la
virginidad y de la pureza. Las mamás tenían miedo de que sus hijas
charlaran con este gran santo porque las convencía de que era mejor
conservarse vírgenes y dedicarse a la vida religiosa (Él exclamaba:
“en toda mi vida nunca he visto que un hombre haya tenido que quedarse
soltero porque no encontró una mujer con la cual casarse”). Pero
además de su sabiduría para escribir, tenía el don de poner las paces
entre los enemistados. Así que muchísimas veces lo llamaron del alto
gobierno para que les sirviera como embajador para obtener la paz con
los que deseaban la guerra, y conseguía muy provechosos armisticios o
tratados de paz.
El viernes santo del año 397, a la edad de 57 años, murió plácidamente
exclamando: “He tratado de vivir de tal manera que no tenga que sentir
miedo al presentarme ante el Divino Juez” (San Agustín decía que le
parecía admirable esta exclamación).

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