“¿Y quién es mi prójimo?”
11 Julio 2010 P. Carlos Padilla Esteban

“Conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma”

Creo que hoy, en este domingo festivo, resulta casi obligado hablar de fútbol. Porque un mundial de fútbol despierta pasiones, saca lo mejor y lo peor de cada persona y no nos deja indiferentes. Para muchos el fútbol es algo superficial, que no merece la pena y que no puede condicionar nuestra existencia, ya que se trata sólo de un juego. Tal vez alguno piense que ni siquiera es necesario hablar del tema, y menos aún en una homilía. Puede ser cierto. Sin embargo, son muchas las pasiones que mueve el fútbol: nos alegra o entristece, nos entusiasma o saca la rabia del corazón. Y en esas pasiones que despierta, ¿acaso no está Dios presente? ¿No le interesa a Dios el fútbol? Yo, la verdad, creo que a Dios le gusta el fútbol. Me cuesta creer en un Dios que pueda dejar de lado algo que al hombre le afecta. Nada de lo humano deja de ser importante para Él. Todo lo lleva en su corazón de Padre y sufre y se alegra con nosotros. Claro que le gusta el fútbol, un deporte que es capaz de unir los corazones y despertar alegrías donde a veces sólo hay tristezas. ¡Cómo va a dejar de gustarle a Dios un deporte que hace soñar y se construye sobre el trabajo en equipo, en el que unos trabajan pasando desapercibidos y otros se llevan la fama por dar el último remate! Así es la vida misma, así es el alma de la familia, en la que los unos trabajan los por los otros. Es reflejo de una unidad que anhelamos, del amor de Dios Trino, de esa unidad en la que los talentos se ponen al servicio del bien común, con el fin de dar vida a los demás. No quiero hoy santificar el fútbol, ni hacerlo sagrado; nada más lejos de mi intención. Lo que no quiero es dejar pasar la oportunidad de decir, que en el fútbol, como en tantas otras cosas aparentemente superficiales de nuestra vida, también está Dios; en nuestras pasiones, está Dios. Toda la vida que despierta el deporte, es vida que Dios quiere para nuestro bien.

Hoy estaba pensando, por otro lado, en unas preguntas que hacía Pablo Domínguez en un retiro que dio poco antes de morir: “¿Qué es lo que nos preocupa en la vida? ¿Realmente nos preocupa aquello que nos pueda robar el alma? Esto es lo importante. Lo demás, aunque pueda parecer muy importante, es secundario”1. Resaltaba que lo demás, lo que no toca el destino último de nuestra vida, es secundario. Sin embargo, él no quería quitarle valor a muchas cosas que habitualmente nos preocupan. ¿Acaso es secundario e innecesario aquello que mueve el alma y nos puede quitar el sueño, aunque se trate de preocupaciones del día a día? ¿Secundario lo que nos provoca angustia o rechazo, alegría o entusiasmo? ¿Secundarias tantas cosas por las que nos desvelamos y perdemos la vida casi sin darnos cuenta? Es cierto que son cosas secundarias, igual que lo son el fútbol y los demás deportes y aficiones; porque cuando contemplamos nuestra vida en la perspectiva adecuada, mirando el corazón de Dios nuestro Padre, sólo una cosa tiene importancia: vivir para Dios y en Dios. Sin embargo, esas cosas secundarias, a veces superficiales, son la sal de nuestra vida diaria. En el día a día, tenemos que reconocerlo, son otras preguntas las que más nos preocupan: ¿Qué va a ser de nuestra familia? ¿Tendremos salud y trabajo? ¿Cómo saldremos de la crisis? ¿Se curará tal o cual persona que está enferma? Son miedos y preocupaciones. Algunas veces realmente importantes, aunque puedan ser catalogadas de secundarias. Otras más bien banales: ¿Quién ganará este Mundial de fútbol? ¿Dónde podremos ir de vacaciones? ¿Qué necesito comprar? Son preguntas y preocupaciones que llenan nuestro corazón. Sufrimos y nos alegramos por esas pequeñas cosas que nos pueden quitar la paz o hacer que saltemos de gozo.
Tenemos que aprender a disfrutar las pequeñas cosas secundarias de nuestra vida. Hay personas muy serias a nuestro alrededor, que se escandalizarían al escuchar esto. Personas que no pueden perder el tiempo y que no consienten en hablar de temas que no sean trascendentes. Los deportes, las compras, tomar el sol, ir al cine, disfrutar una coca cola helada, un paseo sin grandes pretensiones, una puesta de sol, parecen cosas demasiado secundarias. Hoy os invito a que aprendamos a disfrutar de la vida y sus cosas secundarias, poco importantes pero cotidianas. Son regalos de Dios, tal vez intrascendentes, pero hacen crecer el amor en la rutina diaria. Disfrutar de lo pequeño y gozar de alegrías superficiales, nos va capacitando para soñar con la alegría que nadie nos pueda quitar y con la plenitud que en el cielo gozaremos.

Es cierto, no obstante, que, como nos decía Pablo Domínguez, la pregunta decisiva es la que, con una cierta malicia en su intención, planteaba hoy un maestro de la ley: “En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Es la pregunta que toca nuestra alma y nos cuestiona sobre la meta de nuestro camino; porque no queremos que nadie nos robe el alma y nos quite la felicidad verdadera; porque deseamos que el amor sea eterno, que la felicidad no pase nunca y los sueños no tengan un punto final. Sin embargo, es verdad que muchas personas viven de espaldas a las preguntas decisivas en sus vidas. Se quedan sólo en las inquietudes secundarias y no van más allá. Por eso, muchas veces, al llegar las desgracias, al tener que enfrentarse con la crisis o la enfermedad, surge la desesperación. Porque nunca se han planteado las preguntas verdaderamente importantes, porque nunca se han confrontado con su futuro, con la misión que Dios tiene para ellos. Pensando en nosotros, puede ser que tampoco nos hayamos confrontado en la oración, con el futuro y con los sueños, que Dios tiene para nuestra vida. Y, entonces, ¿dónde queda la pregunta que debería mover y definir nuestro actuar? ¿Por qué no nos preguntamos con más frecuencia sobre el camino a seguir para alcanzar la vida eterna? Si mirásemos con más libertad nuestro presente, si tuviéramos más la mirada de Dios en nuestros propios ojos, viviríamos con más confianza y paz.

Porque, al fin y al cabo, si somos sinceros, a todos nos atrae la posibilidad de vivir esa vida eterna prometida. Sin embargo, muchas veces vivimos de espaldas a esa preocupación y son otras cosas las que nos preocupan, las cotidianas, las que parecen más intrascendentes, cuando pasa el tiempo. La vida eterna, en esos momentos, puede pasar a un segundo plano en nuestra perspectiva de intereses. Hoy nos hacemos la pregunta: ¿Qué nos preocupa, ahora mismo, en este mismo instante? ¿Nos preocupa la vida eterna? Lo habitual es que nos preocupe mucho más la vida pasajera, los días que pasan y mueren, las realidades que caducan y desaparecen. Pero hoy, vamos a dejar de lado nuestras preocupaciones más diarias, las que parecen cubrir como un muro el futuro incierto, y vamos a preguntarnos con el maestro de la ley: “¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?” Esta pregunta debería estar en nuestro corazón cada día: ¿Qué hacemos para vivir como si el vivir fuera sólo un paso para la vida verdadera, como si el día que vivimos fuera el último? Tendríamos que responder, con cierto sentimiento de culpa, que esta pregunta no está a diario presente. Si así fuera, viviríamos con mucha más paz y confianza, sabiendo que estamos de paso y que lo que realmente importa está siempre por venir. De todas formas, miramos a Cristo y hoy le preguntamos: “¿Qué tenemos que hacer?” La respuesta nos sigue sorprendiendo: “Él le dijo: « ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.» La ley parece señalarnos el camino. Parece tan sencillo y, sin embargo, señala un ideal tan alto que nuestras fuerzas no bastan. Nos sentimos pequeños al escuchar:
“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Estas palabras tan claras recogen el fundamento de nuestra vida. ¿Lo hacemos carne cada día en nuestra vida? ¿Vivimos así?

LO PRIMERO QUE SE NOS PIDE ES EL AMOR TOTAL A DIOS: “Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser”. En nuestro corazón amamos a Dios, o queremos amar a Dios. Sin embargo, estamos muy lejos de esa forma de amar tan absoluta; no vivimos como si lo único importante fuera Dios. El P. Kentenich decía: “Dios nos ha creado, redimido y santificado, y guía y conduce todos los destinos de nuestra vida a fin de poder amarnos y de que también yo lo ame, y ame todo lo que Él ama y como Él lo ama”2. Se trata de amar a Dios y de lograr que todo gire en torno a Aquel que nos da la vida. Ese amor a Dios es el que tenemos que cultivar en el corazón para que no se enfríe. El ideal está tomado del Deuteronomio 6,4. El maestro de la ley es un hombre estudioso de la ley y conoce bien las Escrituras. Jesús no cambia las Escrituras. El maestro sabe, por lo tanto, lo que hay que hacer, conoce los mandamientos y entiende cuál es el camino. Sabe que el amor a Dios debería ser muy grande y abarcar todas las fibras de nuestro ser. Sabe que Dios hizo una alianza con su pueblo y en su entrega maternal espera un sí confiado de sus hijos. S. Francisco de Sales lo dice así: “Dios quiere que, al igual que en Él, también en el hombre todo suceda mediante el amor y para el amor”. No obstante, nosotros, en nuestra pobreza, muchas veces nos conformamos y tenemos una relación tibia y pobre con el Señor, no somos capaces de amar con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser. Porque muchas veces nos falta ese amor cálido que sólo Dios nos puede regalar. Es lo que la Madre Teresa sentía que le podía faltar a sus hijas: «Me preocupa el pensamiento de que alguna de vosotras aún no haya encontrado a Jesús individualmente, tú y Jesús solos. Podemos pasar mucho tiempo en la capilla, ¿pero has visto conlos ojos del alma el amor con el que Él te mira? ¿Conocéis verdaderamente a Jesús vivo: no de los libros, sino de estar con Él en vuestro corazón? ¿Habéis oído las palabras de amor que Él os dirige? Nunca abandonéis este íntimo contacto diario con Jesús como una persona viva y verdadera, no como una idea»3. Ese amor personal es el que queremos pedirle a Dios en este día. Un amor íntimo y grande, un amor que nos dé vida y guíe nuestros pasos.

Para el judío, amar a Dios era el comienzo y el final de toda su vida, y sin esa relación de intimidad, no podía haber alianza: “Moisés habló al pueblo, diciendo: «Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos? “; ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?” El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.» Deuteronomio 30, 10-14. Comprendía que amar y cumplir lo que Dios nos pide era el camino natural de nuestra vida. Porque el mandamiento era sólo posible en la experiencia del amor de Dios. De esa forma, el que amaba así, recibía la vida verdadera, una vida nueva. Ya lo dice el salmo: “Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias. Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella”. Sal 68, 14 y 17. 30-31. 33-34. 36ab y 37. El salmista alaba a Dios porque se sabe salvado por Él, rescatado de su pobreza y conducido desde su caída. En su miseria, Dios ejerce la misericordia. En su abandono, le regala la confianza. Las palabras del salmo hoy nos enseñan a suplicar.

SIN EMBARGO, NO BASTA CON QUE AMEMOS A DIOS, ES NECESARIO QUE AMEMOS A LOS HOMBRES. El maestro de la ley añade: “Y al prójimo como a ti mismo”. La afirmación la toma del Levítico 19,18. Es necesario amar a los demás, entregarnos por los que Dios nos confía. El amor hacia los demás es un amor que brota de nuestra misma naturaleza. S. Benito, a quien hoy recordamos, decía: “Éste es el celo que han de practicar los monjes: estimando a los demás más que a uno mismo. Soportando con una paciencia sin límites sus debilidades. Procurando el bien de los demás antes que el propio”. El hombre no es un ser solitario y aislado. Somos hombres comunitarios que necesitamos vivir en relación, amando y dejándonos amar. Sin embargo, muchas personas viven hoy solas, aisladas y, muchas veces, enfermas, como consecuencia de su aislamiento. Decía el P. Kentenich: “El hombre moderno está ocupadísimo consigo mismo. Se arrastra, es un espíritu pequeño. Toma decisiones sólo de un día para otro. Gira permanentemente alrededor de su propio yo. Su ego está enfermo”4. Es un hombre sin vínculos. Ni con Dios ni con los hombres. No ha aprendido a amar y no sabe la riqueza que trae consigo el arte de las vinculaciones. No entiende que el sacrificio es la única semilla que permite que crezca la vida a su alrededor. Hay demasiado egoísmo en la vida y todo gira en torno a una felicidad que pasa.

Por todo ello, es necesario el amor a los hombres para crecer armónicamente. No nos basta sólo Dios, porque somos hombres que aman lo concreto, la carne, los corazones que se nos dan cada día. No es posible amar a Dios desvinculándonos del mundo. Es una tentación que el hombre ha tenido. Ha huido del mundo buscando sólo a Dios. Pero el amor al mundo es lo que Dios quiere que hagamos crecer, a partir del amor a Dios. No amamos el pecado del mundo, amamos su belleza, reflejo de la eternidad. Amamos las semillas de infinito que Dios ha dejado caer en la tierra. Amamos la vida limitada que en su pobreza sueña con ser eterna. Amamos los brotes de vida que surgen en el barro y el bien y la verdad escondidos en muchas vidas que permanecen ocultas en el silencio.
Amamos el mundo y amamos al hombre, para que el hombre llegue a amar a Dios. En nuestro amor limitado se vislumbra, como de forma milagrosa, un amor trascendente e infinito. En nuestra debilidad, se percibe la omnipotencia de Dios. En nuestro egoísmo, brilla la gratuidad infinita de Cristo. En nuestra brusquedad, la ternura de una Madre que se nos regala. Nos sigue sorprendiendo que nuestra incapacidad sea vista como capacidad ante los ojos de aquellos que se sienten amados tan limitadamente por nosotros. Es la grandeza de Dios, es su capacidad constante para hacer milagros, aprovechando nuestras escasas fuerzas. Mientras nosotros nos desvivimos inútilmente por ser perfectos y parecerlo ante todos, Dios se encarga de utilizar nuestra debilidad para hacer más visible su misericordia infinita. Nos somos nosotros, no nos miran a nosotros, ven detrás de nuestra vida, un Gloria infinita que todo lo ilumina.

Al mismo tiempo, se nos pide una medida de nuestro amor que nos sorprende: AMAR AL PRÓJIMO COMO A NOSOTROS MISMOS. Este presupuesto nos coloca ante una exigencia primera: antes de nada es necesario que sepamos amarnos bien, y con todo el corazón, para poder amar bien a otros. Es la medida necesaria, que nos amemos mucho y bien. Sin embargo, el problema es que no sabemos amarnos bien. No nos gustamos. Nos gustaría ser diferentes, tener otro rostro, otro cuerpo, otra cabeza y casi otro corazón. Nos gustan más las virtudes de los demás, las que no poseemos, y no somos capaces de descubrir nuestro valor más propio. Y así sufrimos. Nos desvelamos queriendo parecernos a aquellos a los que admiramos y despreciamos la pobreza que, con timidez, exhibimos. La medida del amor no nos parece tan fácil. Amarnos bien sólo es posible en la fuerza del Espíritu. Hoy miramos a María. Escuchamos su canto del Magníficat, y en sus palabras se esconde la medida de este amor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”. María se sabe amada por Dios en su pequeñez. Se alegra del amor tan grande que se le ha regalado. En el amor a Dios aprende a amar su alma humilde: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. María sabe que ha sido utilizada por Dios para llevar el amor de Dios a muchos corazones. Entonces ama lo que Dios ama, su propia vida y esa humanidad que Dios le ha regalado. María nos enseña a amarnos como Ella se ha amado; y nos hace alegrarnos en nuestra pequeñez.

Hablando del amor al prójimo, destaca el testimonio de la Madre Teresa. Ella se refería con frecuencia al amor al más necesitado y lo resumía en lo que ella llamaba el “Evangelio de los cinco dedos: A-mí-me-lo-hicisteis” 5. Explicaba así el contenido de este Evangelio: «“Tengo sed” y “A mí me lo hicisteis”: acordaos de unir siempre las dos cosas, el medio con el Fin. Que nadie separe lo que Dios ha unido. Nuestro carisma es saciar la sed de amor y de almas de Jesús trabajando por la salvación y la santificación de los más pobres entre los pobres» El amor a Dios y el amor al prójimo van unidos de forma inseparable. No es posible separar en la vida aquello que Dios ha unido en la vida de Cristo. Sin embargo, podemos caer en la tentación de separar ambas realidades. Amamos a Dios, o al menos así lo creemos, y luego nuestro amor al prójimo no está a la misma altura. S. Pablo nos muestra el ideal: “Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”. Colosenses 1, 15-20. En la sangre de Cristo encontramos la fusión de los dos amores. En el Evangelio hecho vida en la cruz, se recoge el misterio más grande de la entrega total por amor.

Surge entonces una pregunta del corazón del maestro de la ley: “Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: « ¿Y quién es mi prójimo?» Tal vez quería reducir ese grupo de posibles “prójimos”. Es nuestra misma tentación. Si mirásemos la vida con los ojos de los santos, con los ojos de la Madre Teresa, que veía a Dios en los más pobres y abandonados, seríamos capaces de ver a Cristo en cualquier hombre. Sin embargo, creo nos cuesta mucho mirar así. Por eso nos viene bien escuchar la parábola de Jesús. Se trata de LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO: “Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” Esta parábola tan rica y profunda nos da algunas respuestas para la vida.

JESÚS NOS MUESTRA A UN HOMBRE HERIDO Y NECESITADO. Es el prójimo, el que necesita nuestra ayuda, porque ya lo dice S. Ambrosio: “No es el parentesco el que hace al prójimo, sino la misericordia; porque nada hay tan en armonía con la naturaleza como favorecer a otro”. Amar al prójimo se convierte en mandamiento que nos vuelca sobre aquel que necesita que ejerzamos la misericordia; así lo explica S. Agustín: “El prójimo es aquel a quien debemos prestar asistencia y misericordia, si la necesita”. Y la Madre Teresa concreta que el prójimo es aquel en el que se manifiesta Cristo necesitado: «Jesús es el Hambriento para ser alimentado. Es el Sediento para ser saciado. Es el Desnudo para ser vestido. Es el Desamparado para ser acogido. Es el Enfermo para ser curado. Es la Persona en soledad para ser amada». Nuestra tentación es limitar el concepto de prójimo como pretendía el maestro de la ley. Pensamos, entonces, que el prójimo sólo es el que tengo previsto en mis planes, el que entra en mi agenda, el que no me saca de mis proyectos, el que no obstaculiza mi vida algo programada. Un prójimo en mitad de nuestro camino nos desconcierta. Pensar en el prójimo que se convierte en estorbo no es tan atractivo. Hace falta un corazón flexible y grande para detenernos en nuestro caminar diario, llenos de prisas y prioridades, de planes y proyectos y atender, con la dedicación del samaritano, a aquel con el que no contábamos. Y, lo cierto, es que hay muchos hombres heridos en nuestro camino, muchos necesitados que suplican atención y amor. Tenemos la tentación de reducir el término prójimo, para que así no nos incomoden en nuestros planes.

Por otro lado, LA ACTITUD DEL SAMARITANO NOS PARECE DESMEDIDA. El amor de misericordia es sin medida y se abaja, se desprende de sus planes y gira por un tiempo en torno al prójimo, que Dios ha puesto ante sus ojos. No basta con curar las heridas, no es suficiente. A menudo encontramos personas heridas en nuestro camino. Sanar heridas en una misión inmensa y que nos puede llevar toda la vida. No basta con curar heridas, el sanador de heridas acompaña a la persona herida con su vida. Esta semana, el día 8 de julio, celebramos el centenario del la ordenación del P. Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt. Al hablar de la misión ante el prójimo, la misión de sanar heridas, pensaba que en eso consistió su vida. Fue un sanador herido, porque en su corazón también estaba la herida de su propio camino. El Padre fue padre de muchos y, con su vida, dio vida a muchos corazones sedientos. Supo detenerse en el camino y fijarse en la herida de las personas que buscaban ser reconocidas. Su paternidad ha dado como fruto una familia que está viva en muchos países y recibe la vida del Santuario, fuente del amor de María. El Padre mismo reconocía, cuando celebraba sus bodas de Plata, que toda en su vida era un don de Dios: “Todo lo que tenemos ante nosotros nació de un profundo y sencillo amor a María”. El amor a María despierta una nueva vida en nosotros, una fuerza sanadora sin medida. Cuando somos como el buen samaritano, cuando sanamos los corazones heridos, cuando nos abajamos llenos de misericordia, no somos nosotros, es el amor de Dios y de María en nosotros, el que sana la vida que se nos entrega. Esta conciencia nos permite mirar con humildad nuestra vida; con la certeza de que Dios hace grandes milagros con nuestras manos.

JESÚS, AL ACABAR LA PARÁBOLA, NOS PREGUNTA: “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. Lucas 10, 25-37. Es la misma pregunta que nos hace hoy a todos. Es la misma petición, el mismo imperativo que brota del corazón: “Anda y haz tú lo mismo”. Queremos salir hoy de la eucaristía con el corazón encendido y deseoso de buscar a nuestro alrededor prójimos a los que servir, por los que estar dispuestos a dar la vida. No podemos caer en las prisas e ir por la vida sin la capacidad para detectar la necesidad. El buen samaritano nos enseña la actitud de Cristo, de María, que se detienen continuamente en el camino y se abren a la vida. El buen samaritano venda las heridas y acompaña, con el corazón lleno de misericordia, la vida de aquel que ha aparecido en su camino. Así queremos vivir. Atentos a las personas que nos rodean, con un corazón dispuesto siempre a cuidar y a acompañar. Miramos a María, siempre atenta, y suplicamos un corazón nuevo, lleno de amor y misericordia.

1 Pablo Domínguez, Hasta la cumbre, Testamento espiritual, 89
2 J. Kentenich, Textos pedagógicos, 454
3 Carta personal de la Madre Teresa, 25 Marzo 1993
4 Paul Siegel, P Kentenich, un educador profético, 253
5 MADRE TERESA, Ven sé mi luz, 380