Desde que fue elegido hace ahora tres años, Jorge Mario Bergoglio ha insistido en que la Iglesia debe dar pasos concretos para la acogida e integración de los que huyen del hambre o de la guerra. En septiembre de 2013, durante una visita a una organización de los jesuitas que presta ayuda a los refugiados, pidió que la Iglesia se involucrara más con el problema: “Los conventos vacíos no son nuestros, son para la carne de Cristo que son los refugiados”.

Justo dos años después, y ante la sordera de buena parte de la comunidad eclesiástica, volvió a la carga. Pidió a las “parroquias, comunidades y religiosas y monasterios” de Europa que abrieran sus puertas a las familias de migrantes. Por el momento, todos sus llamamientos han caído en el vacío. No sería de extrañar que Francisco desee pasar a la acción a través del ejemplo.

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