Gloria al Padre

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Al Hijo, al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, amén+
No puedo parar de rezar.
Os pido oraciones por Irene, amiga y madre de 5 hijos que lleva dos semanas en coma por derrame cerebral. Sabemos que va a salir adelante porque va evolucionando, pero hace falta más; te pedimos Dios mío para que restablezcas su salud y pueda volver pronto a casa que sus niños y esposo la necesitan..y su familia y amigos , también.

NOVENA A LA VIRGEN MARÍA DE LA MEDALLA MILAGROSA

ORACIÓN PREPARATORIA

Virgen y Madre Inmaculada, mira con ojos misericordiosos al hijo que viene a Ti, lleno de confianza y amor, a implorar tu maternal protección, y a darte gracias por el gran don celestial de tu bendita Medalla Milagrosa.

Creo y espero en tu Medalla, Madre mía del Cielo, y la amo con todo mi corazón, y tengo la plena seguridad de que no me veré desatendido. Amén.

Leer la reflexión del día correspondiente:

DÍAS
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DÍA PRIMERO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

En una medianoche iluminada con luz celeste como de Nochebuena -la del 18 de julio de 1830- aparecióse por primera vez la Virgen Santísima a Santa Catalina Labouré, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Y le habló a la santa de las desgracias y calamidades del mundo con tanta pena y compasión que se le anudaba la voz en la garganta y le saltaban las lágrimas de los ojos.

¡Cómo nos ama nuestra Madre del Cielo! ¡Cómo siente las penas de cada uno de sus hijos! Que tú recuerdo y tu medalla, Virgen Milagrosa, sean alivio y consuelo de todos los que sufren y lloran en desamparo.

ORACIONES FINALES

Después de unos momentos de pausa para meditar el punto leído y pedir la gracia o gracias que se deseen alcanzar en esta Novena, se terminará rezando:

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

Rezar tres avemarías con la jaculatoria: OH MARÍA, SIN PECADO CONCEBIDA, ROGAD POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A VOS.

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DÍA SEGUNDO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

En su primera aparición, la Virgen Milagrosa enseñó a Santa Catalina la manera como había de portarse en las penas y tribulaciones que se avecinaban.

«Venid al pie de este altar -decíale la celestial Señora-, aquí se distribuirán las gracias sobre cuantas personas las pidan con confianza y fervor, sobre grandes y pequeños.»

Que la Virgen de la santa medalla y Jesús del sagrario sean siempre luz, fortaleza y guía de nuestra vida.

Meditar y terminar con las oraciones finales.

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DÍA TERCERO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

En sus confidencias díjole la Virgen Milagrosa a Sor Catalina: «Acontecerán no pequeñas calamidades. El peligro será grande. Llegará un momento en que todo se creerá perdido. Entonces yo estaré con vosotros: tened confianza…»

Refugiémonos en esta confianza, fuertemente apoyada en las seguridades que de su presencia y de su protección nos da la Virgen Milagrosa. Y en las horas malas y en los trances difíciles no cesemos de invocarla: «Auxilio de los cristianos, rogad por nosotros».

Meditar y terminar con las oraciones finales.

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DÍA CUARTO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

En la tarde del 27 de noviembre de 1830, baja otra vez del Cielo la Santísima Virgen para manifestarse a Santa Catalina Labouré.

De pie entre resplandores de gloria, tiene en sus manos una pequeña esfera y aparece en actitud extática, como de profunda oración. Después, sin dejar de apretar la esfera contra su pecho, mira a Sor Catalina para decirle: «Esta esfera representa al mundo entero.., y a cada persona en particular».
Como el hijo pequeño en brazos de su madre, así estamos nosotros en el regazo de María, muy junto a su Corazón Inmaculada. ¿Podría encontrarse un sitio más seguro?.

Meditar y terminar con las oraciones finales.

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DÍA QUINTO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

De las manos de María Milagrosa, como de una fuente luminosa, brotaban en cascada los rayos de luz. Y la Virgen explicó: «Es el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre cuantas personas me las piden», haciéndome comprender -añade Santa Catalina- lo mucho que le agradan las súplicas que se le hacen, y la liberalidad con que las atiende.

La Virgen Milagrosa es la Madre de la divina gracia que quiere confirmar y afianzar nuestra fe en su omnipotente y universal mediación. ¿Por qué, pues, no acudir a Ella en todas nuestras necesidades?.

Meditar y terminar con las oraciones finales.

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DÍA SEXTO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

Como marco «¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!».

Y enseguida oyó una voz que recomendaba llevar la medalla y repetir a menudo aquella oración-jaculatoria, y prometía gracias especiales a los que así lo hiciesen.

¿Dejaremos nosotros de hacerlo?. Sería imperdonable dejar de utilizar un medio tan fácil de aseguramos en todo momento el favor de la Santísima Virgen.

Meditar y terminar con las oraciones finales.

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DÍA SÉPTIMO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

Nuestra Señora ordenó a Sor Catalina que fuera acuñada una medalla según el modelo que Ella misma le había diseñado.

Después le dijo: «Cuantas personas la lleven, recibirán grandes gracias que serán más abundantes de llevarla al cuello y con confianza».

Esta es la Gran Promesa de la Medalla Milagrosa. Agradezcámosle tanta bondad, y escudemos siempre nuestro pecho con la medalla que es prenda segura de la protección de María.

Meditar y terminar con las oraciones finales.

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DÍA OCTAVO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

Fueron tantos y tan portentosos los milagros obrados por doquier por la nueva medalla (conversiones de pecadores obstinados, curación de enfermos desahuciados, hechos maravillosos de todas clases) que la voz popular empezó a denominarla con el sobrenombre de la medalla de los milagros, la medalla milagrosa; y con este apellido glorioso se ha propagado rápidamente por todo el mundo.

Deseosos de contribuir también nosotros a la mayor gloria de Dios y honor de su Madre Santísima, seamos desde este día apóstoles de su milagrosa medalla.

Meditar y terminar con las oraciones finales.

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DÍA NOVENO [Ir al principio de esta página]

Comenzar con la oración preparatoria.

Las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa constituyen indudablemente una de las pruebas más exquisitas de su amor maternal y misericordioso.

Amemos a quien tanto nos amó y nos ama. «Si amo a María -decía San Juan Bérchmans- tengo asegurada mi eterna salvación».

Como su feliz vidente y confidente, Santa Catalina Labouré, pidámosle cada día a Nuestra Señora, la gracia de su amor y de su devoción.

Meditar y terminar con las oraciones finales.

La oración llega a Dios

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LLevamos 10 días pidiendo por Irene, amiga querida, en coma inducido por derrame cerebral triple..y de muy pocas esperanzas a hoy quitarle sedación y balbucear mamá a su madre..reconocer a su esposo, apretarle la mano, mover las piernas..un auténtico milagro para que pueda volver a casa con sus 5 hijos, uno de ellos de 16 días..que así sea+
Te lo pedimos Señor.

Santa Isabel de Hungría

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Viuda
(1207- 1231)
«Que el Señor nos conceda como
a su buena Isabel, el don de un gran desprendimiento para dedicar
nuestra vida y nuestros bienes a ayudar a los
más necesitados.»
SU VIDA
Isabel, a los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de
Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, el matrimonio tuvo tres
hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día:
«Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte
a Ti?». Su esposo aceptaba de buen modo las santas exageraciones que
Isabel tenía en repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa. Él
respondía a los que criticaban: «Cuanto más demos nosotros a los
pobres, más nos dará Dios a nosotros».
Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su
esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa. Isabel
casi se desespera al oír la noticia, pero luego se resignó y aceptó la
voluntad de Dios. Rechazó varias ofertas de matrimonio y se decidió
entonces a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más
pobres y desamparados.
El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con
sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada
día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le
diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que
nunca la abandonaría, ni a sus hijos. Finalmente algunos familiares
la recibieron en su casa, y más tarde el Rey de Hungría consiguió que
le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos
construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias
necesitadas.
Un Viernes Santo, después de las ceremonia, cuando ya habían
desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante
de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto
de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al
servicio de los más pobres y desampardos. Cambió sus vestidos de
princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y
ordinaria, y los últimos cuatro años de su vida (de los 20 hasta los
24 años) se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que
había fundado. Se propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna
para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo. Vivía
en una humilde choza junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal
de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que para ayudarla en su camino a la
santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba: «Dios mío, si a este
sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si
desobedezco tus mandamientos?»
Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más
exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó:
«¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con
corona de oro y vestidos lujosos?». Nunca más volvió con vestidos
lujosos al templo de Dios.
Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo
otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de
su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron
el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación,
vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado.
Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con
los pobres como hechos a Él mismo.
El pueblo la llamaba «la mamacita buena».
Uno sacerdotes de aquella época escribió: «Afirmo delante de Dios que
raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una
vida de oración y de contemplación tan elevada». Algunos religiosos
franciscanos que la dirigían en su vida de total pobreza, afirman que
varias veces, cuando ella regresaba de sus horas de oración, la vieron
rodeada de resplandores y que sus ojos brillaban como luces muy
resplandecientes.
El mismo emperador Federico II afirmó: «La venerable Isabel, tan amada
de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella
luminosa en la noche oscura».
Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó
de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador
Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos
países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que
no se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro
tan concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de
los pobres.
El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le
destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles
dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida
con trajes hermosísimos. Él dijo: «¿Señora, Usted que siempre ha
vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?». Y
ella sonriente le dijo: «Es que voy para la gloria. Acabo de morir
para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado». El paciente
estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue
completa e instantánea.
Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un
monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible
dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su
dolencia. Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la
santa, y de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y
de su enfermedad.
Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla
santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.
Santa Isabel de Hungría es patrona de la Arquidiócesis de Bogotá.
Una Historia
No faltó quien acusó a la princesa ante el propio duque de estar
dilapidando los caudales públicos y dejar exhaustos los graneros y
almacenes. El margrave Luis quería a su esposa con delirio, pero no
pudo resistir, sin duda, el acoso de sus intendentes y les pidió una
prueba de su acusación.

— Espera un poco -le dijeron- y verás salir a la señora con la
faltriquera llena.
Efectivamente, poco tuvo que esperar el duque para ver a su mujer que
salía, como a hurtadillas, de palacio cerrando cautelosamente la
puerta. Violentamente la detuvo y la preguntó con dureza:
— ¿Qué llevas en la falda?
— Nada…, son rosas -contestó Isabel tratando de disculparse, sin
recordar que estaba en pleno invierno-.
Y, al extender el delantal, rosas eran y no mendrugos de pan lo que
Isabel llevaba, porque el Señor quiso salir fiador de la palabra de su
sierva.
ORACIÓN
Oh Dios misericordioso, alumbra los corazones
de tus fieles; y por las súplicas gloriosas de Santa Isabel, haz que
despreciemos las prosperidades mundanales, y gocemos siempre de la
celestial consolación. Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén.